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Encuentros desafortunados

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Encuentros desafortunados

Mensaje por Eirin MacGréine el Vie Nov 02, 2012 12:50 pm


Las amplias paredes blanquecinas son testigos de largas horas de trabajo, sobre la chimenea un lienzo que es apenas un atisbo del placer por arte que allí se cultiva, frente a la misma dos cómodas butacas del color del cielo, destinadas al descanso y a la meditación de nuevos proyectos. La mesa de café cubierta de bosquejos algunos mejor acabados que otros. El escritorio cerca del ventanal se encuentra tapizado de documentos, contratos recientemente firmados, proyectos de exposiciones a realizar. Entre os papeles una taza de café a medio beber junto a una colilla de cigarrillo mal apagado son claros signos del gran trabajo que tiene el dueño de aquel despacho. Pero lo que delata su ausencia es un sobre lacrado, cuyo sello esta rasgado por la prisa en que se leyó su contenido.

Finalmente la confirmación a su solicitud había llegado, la audiencia que solicitase hace casi dos meses le había sido concedida esa misma noche en Londres.

La dueña del despacho es Eirin MagGréine, directora del Museo South Kensington, poseedora de dos de las mejores academias de artes en toda Europa una en Italia y la otra en Irlanda. Contrario a lo que se pueda pensar, no estamos hablando de una mujer madura esposa de un ilustre aristócrata que sustente sus ambiciones… Eirin es lo opuesto, una joven que apenas bordea los veinte años y cuyas intenciones de matrimonio se extinguieron desde el día en que su amor por el arte pudo más. Desde antes que sus padre muriesen la joven se hizo cargo de ambas academias, contactando nuevos artistas, ofreciéndoles financiamiento y maestros, acuerdos de negocio bastante lucrativos, pero por sobre todo con grandes descubrimientos como ese joven de apellido MacCeth que resultase ser un escultor de gran envergadura.

La joven MacGréine es una visionaria, con un gusto exquisito que desde hace casi seis meses persigue la ostentosa colección que posee uno de los hombres mas inalcanzables y temidos de toda Europa. Temido no solo por su poder, sino por lo radicales de sus decisiones, lo voluble de su humor y la imposibilidad de darle en el gusto, entre los nobles se le conoce como él vikingo, es un desalmado. Pero cuando a la irlandesa directora de museo una idea se le cruza por mente es imposible sacársela, por lo mismo apenas decidió exponer aunque sea un par de piezas de aquella colección, le estudio con dedicación hasta que hace dos meses solicito una audiencia con él. Se encontraba dispuesta a viajar a Suecia a verle, pero la carta que aquella noche llego indicaba que el hombre accedería a verle en su fugaz paso por Londres.

Hela allí, dejando todo a un lado e ir por el vestido que planeaba usar en aquella reunión de negocios, recolectar su bosquejos y tomar el carruaje que la llevaría al centro de Londres al Flemings Hotel, el lugar donde el Rey de Suecia y Noruega dispusiese para hospedarse. De su visita a Gran Bretaña nada se hablaba en los círculos de los diplomáticos que la joven irlandesa frecuenta, por lo mismo la misiva en que le citan a reunirse con él le sorprende por la premura de todo.

Un vestido gris perla levemente ceñido a su figura es la prende que eligiese, la misma que se cambiase en la sala contigua de su despacho donde tiene todo lo necesario en caso de tener una reunión inesperada, como esta. Un juego de joyería forjado en alianzas de plata con piedras de zafiro, adornan su cuellos y penden de sus orejas. Su cabello acomodado en una sencilla trenza que cae por su hombro derecho, y su rostro enmarcado en ligeros bucles. Sencilla, pero elegante, el toque habitual de la mujer que se desenvuelve entre burgueses y aristócratas, entre nobles y diplomáticos.

El viaje en carruaje fue rápido, sin imprevistos, el trayecto desde el museo hasta el hotel era apenas de unos veinte minutos. Tiempo que le fue del todo suficiente para revisar los últimos detalles de su propuesta.

Cuando el carruaje se detuvo un lacayo la llevo al recibidor en total mutismo, como era habitual en aquel lugar, el hotel más exclusivo de la ciudad. Uno que conoce del todo bien.

- Buenas noches - saludo al hombre de la recepción, quien le respondió de igual modo. - Busco a Lord… - no termino la idea, pues bien sabe que cuando s trata de realeza es mejor ocultar identidades. Sonrió con franqueza y entrego el sobre que ella misma recibiese hace apenas una hora, allí se indicaba el nombre de su anfitrión.

Ahora solo queda esperar.


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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Litterae Renascentes el Sáb Nov 03, 2012 6:40 pm

Verano del 1900
Londres, Inglaterra.


El reloj marca segundo a segundo al mismo tiempo que aquél que llena las pupilas del Monarca quien se mantiene afuera del penthouse del hotel más lujoso de todo Londres. Las manos reposan sobre la balaustrada del metal que limita la habitación del abismo, la altura es mucho más imponente que la de otros lugares en los que el Rey se ha encontrado y aún así no parece inmutarse en lo más mínimo. El viento intenta alborotar sus cabellos, pero ni siquiera él es capaz de hacer algo en contra del vikingo. Los fuertes dedos aprietan la baranda poniendo blancos sus nudillos. Los ojos fieros se retrasan unos instantes en el segundero del Big Beng, una apoteósica construcción que sólo es una muestra más de la decadencia humana tornada hacia el bienestar de las apariencias que en el del interior de las masas. Y se pregunta qué hace ahí realmente. Sus pupilas bajan observando el transcurrir de los vehículos en las vías de comunicación bajo sus pies. Se podría sentir como un gran Dios, un antiguo señor del Valhalla. Casi sonríe al pensar que debería tener un rayo y fulminar a todos aquéllos que se ostentan con grandes galas mientras hay tantos muriéndose de hambre. En casa, es uno de los aspectos prioritarios tras el equilibrio mundial. El aire lacera su rostro, en un cambio total en el ambiente, alzando la vista al cielo comprueba el temporal. Se acerca una tormenta y no está de menos, una mueca más dibuja el rostro masculino al regresar al interior de la habitación decorada de una forma que de seguro a su hermana Hilda alegraría, pero para él no es más que un incordio. Demasiado femenina en cierto punto de vista: ese papel tapiz, las decoraciones, incluso dos que tres cuadros y qué decir del recubierto de los muebles, por Odín. Toma asiento en uno de los sillones y siente su peso ceder en lo mullido del mismo. ¿Acaso los ingleses no saben cómo elaborar enseres adecuados para un hombre? Coloca el codo en el reposabrazos llevándose los dedos a las sientes con la intención de aminorar el dolor de cabeza que le empezaba a ocasionar... y durante unos instantes se preguntó realmente cuál era su molestia. No la inequitativa distribución de la riqueza, ni siquiera la vista de la habitación.

En su mano, toma un vodka martini (Agitado, no revuelto) observándolo durante algún tiempo. Se descubre por fin dicho motivo. Esa entrevista con la joven MacGréine le crispa los nervios, sus dientes rechinan al tiempo que se truena el cuello en un ademán tenso, deseando que un auto la arrolle, que un caballo la tire, que se caiga de las escaleras, lo que sea para que no llegue a la maldecida mil veces, cita. ¿Por qué cedió? Es una combinación de la insistencia de esa mujer, la petición de su hermana con ese par de ojos que son los únicos que pueden mover su alma y su curiosidad. Sí, de saber cómo se ve la única mujer que logró que acceda a sus caprichos tras la muerte de su madre y esposa. El vaso que contiene el vodka martini vuelve a bajar de nivel, pero no así la rigidez de los miembros del sueco. El golpe en la puerta es atendido con rapidez por un sirviente sin que Dante tenga que mover un solo dedo. La noticia de que por fin la dama se ha presentado no es recibida con alegría, todo lo contrario. Mujer testaruda, si acaso cree que tendrá un buen recibimiento está equivocada. - Llévenla al despacho - su intención no es que tenga las atenciones de una huésped porque no es ese su lugar, todo lo contrario. Es un incordio, concluye bebiéndose el resto de la bebida, poniéndose en pie, arreglando el chaleco ante un espejo, el traje hecho a la medida en color gris oscuro y la camisa azul cielo. La corbata es de un tono gris tan del mismo tono de la tela del traje, no pretende que haya alguna luz en él. El cabello ordenado, un reloj de bolsillo con una cadena de oro. El tono de su piel es un tanto oscura, producto de su última estadía en París, donde el sol la coloreó. Se pasa la mano por las mejillas tomando nota de que la barba es mucho más larga de lo que debería. Sin una razón en particular se dedica a observar sus uñas recortadas haciendo tiempo para que llegue la señorita. Aunque no le agrada que esté en sus dominios, es un caballero por lo que no permitirá que espere. Su calzado de primera calidad aplasta la tela de la alfombra adoptando su postura más fría que el mismo hielo que cubre las montañas y su ciudad natal. No le importa que los demás le vean como es: un hombre inaccesible, duro, agresivo. Al contrario, es lo que busca: que todos se sientan incómodos para que absolutamente nadie más pueda acercársele.

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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Eirin MacGréine el Lun Nov 26, 2012 9:16 pm


No necesito más palabras que las ya dichas, pues el sobre lacrado era suficiente razón para explicar su presencia en aquel lugar y el nombre de quien buscaba. Sonrió con un dejo de coquetería al encargado antes que este se retirase en pos de anunciar si llegada, tiempo que ella misma utilizase en alisar arrugas invisibles de su vestido e incluso de hojear distraídamente sus bocetos. Aquellas era de las pocas ocasiones en que la joven se le podía ver nerviosa, pero más que nada se trataba de ansiedad, aquel encuentro parecía que jamás se concretaría, pero allí estaba a la espera de ser recibida por el hombre más frio y arrogante de toda la monarquía europea, y eso que ella conociese a varios.

Algunos minutos más tarde era conducida a la planta más alta del hotel, aquella destinada al hospedaje de aristócratas, de nobles y sus familias. Aposentos que si bien no se asemejan a las comodidades de los castillos de estos, si pretende darles las mayores comodidades y privacidad para concretar sus reuniones protocolares. Ella bien lo sabía, pues fue la joven MacGréine la quien asesorase en la decoración de aquel piso, y algunos otros de Flemings Hotel.

Sonrió al encargado y le siguió algo más relajada, al menos no le habían negado en acceso, como temiese ocurriese en un principio.

Observo cada detalle del despacho en tanto que esperaba su anfitrión, no había cambiado mayormente la decoración, pero si pudo notar un toque diferente. Detalles más masculinos y algo más fríos que los que ella sugiriese cuando se le pidió asesorar la decoración de aquella planta. Sonrió satisfecha al ver el resultado, pero no tan segura si su trabajo seria del agrado del más pedante de todos los monarcas. Apenas le había visto en algunas ocasiones en algunas fiestas protocolares, pero nunca pudo tratar con él, pues su escolta cerraba un circulo muy estrecho imposible de flanquear.

Un profundo suspiro antecedió al crepitar de la puerta que anunciaba la llegada de un hombre no solo galante y apuesto, sino inalcanzable para cualquiera que le pretendiese de un modo diferente al que él propone. Las barreras en torno a él son altas, pero ella sabe encontrara un grieta en aquel muro, ya algo había conseguido, que le recibiese. Cerró los ojos u giro sobre sus talones a verle con discreción, antes de inclinarse en una reverencia muy bien ensayada, pero no por ello rígida, por el contrario sus movimientos eran gráciles y elegantes.

- Su majestad - saludo alzando solo unos segundos la mirada para cruzar sus ojos con los de él, un movimiento audaz pero sutil, que deja entrever el carácter de ella y a su vez el respeto que tiene por aquel hombre que la examina con ojo critico.

Eirin no teme por su apariencia, se sabe atractiva del gusto de los hombres, conoce bien las artes de la seducción sin ser vulgar, sabe moverse entre los varones, jugar al mismo nivel que ellos sin parecer una amenaza.

La joven irlandesa teme por lo impredecible que aquel hombre puede ser. Teme por dar un paso antes que él y arruinar su oportunidad de concretar aquel ambicioso proyecto. Parpadea ocultando aquel halo de temor que se refleja en sus ojos, un gesto inocente, tan contradictorio a la personalidad de ella. Sin proponérselo, está jugando ante el monarca.



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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Litterae Renascentes el Jue Dic 06, 2012 9:18 pm

El sonido de sus pasos se oculta en la fina alfombra que adorna la habitación, las cebras de la tela son de un color muy sutil en perfecta combinación con las paredes tinturadas de una forma tal que inspire un ambiente de relajación, el que el hombre necesita para salir avante de una entrevista que dista de ser placentera. Eirin MacGréine, un hueso duro de roer. Las diferentes opiniones acerca de la dama con la que está a punto de intercambiar palabras son discordantes. Desde comentarios sobre su brillante intelecto hasta chismorreos sobre lo que le agradan las sábanas de seda enrolladas en la cintura. El vikingo no es un ser que se deje llevar por las críticas sobre otros seres, pero tiene cuidado de escuchar atento. En todo comentario hay una verdad oculta o franca. ¿Cuál será la que prime en esta joven que hace su propia historia forjando una fama de ser dura, decidida, que lucha para triunfar? La puerta de madera es la única separación entre el monarca y la dama que hostigara a toda su gente para ganarse esta entrevista. Su curiosidad es la que le ha dado el triunfo temporal a la irlandesa. Es esa intriga que ha forjado alrededor de su figura la que hormiguea alrededor de las manos del monarca que a una señal a los sirvientes tiene el acceso al interior de su despacho temporal. El traje en que ha engalonado su figura es de un rígido gris oscuro, la camisa blanca, la corbata muy oscura que no se compara con los ojos acerados que recorren lento la figura femenina desde el cabello bien peinado, retocado con algunos prendedores que dan cierto halo de coquetería. La piel morena que luce radiante con el vestido que se entalla a la figura, ningún desliz se ha cometido en el arreglo personal, todos los detalles fueron cuidados y de eso toma nota el caballero. Hay un brillo en lo profundo de esos orbes femeninos que parecieran retarlo, provocarlo, pero no cae en ninguno de los intentos por obtener su atención más allá del simple hecho de entablar una conversación por escasos minutos.

Diez son los que le dará y son demasiados. Tras una inclinación de cabeza, se conduce tras el escritorio de caoba que sostiene en su superficie pulida y brillante una carpeta con forro de piel en un tono verde oscuro. El monarca toma asiento recargándose en el respaldo de la silla estilo Luis XV y coloca el codo del brazo derecho sobre el reposabrazos. Las sienes se juntan hasta casi formar una delgada línea, arrugas se forman en su frente por la concentración que coloca en cada uno de sus gestos. Es esta mujer la que está invadiendo su espacio personal y como consecuencia, Dante hará lo que esté en sus manos para que se aleje lo más rápido posible. La yema de su dedo pulgar se pasea por las de los otros cuatro dedos, una costumbre adquirida y no eliminada desde su juventud. Las ansias de un puro son imperiantes, sin siquiera preguntar abre uno de los cajones del escritorio tomando una caja de color negro con cubierta roja y un símbolo reconocido. De ella extrae un habano. El consabido ritual de prepararlo es para él más relajante que el mejor de los masajes. Abre los labios delgados para tomar entre ellos el habano y aspirar profundo. Sus orbes se posan de nuevo en la joven sin mediar palabra, la observa y recorre su rostro, esos labios capaces de las peores atrocidades, su figura indefensa, pero sabe que son meras apariencias. Suelta el humo aún con el brazo derecho apoyado en el mueble. Sus dedos índice y medio sostienen su dosis de nicotina, la apostura no cambia. No le dará ventaja. Su espalda se recarga indolentemente en la silla y su pierna izquierda se cruza contra la derecha. Sabe que no está siendo educado al no dirigirle la palabra, pero sabe que un gesto de debilidad será su perdición ante tal mujer. Una que sabe bien qué piezas mover y el momento exacto para ello. Una nueva y larga calada para alzar la ceja derecha conteniendo el humo en su interior. Es una forma de indicarle a la joven que espera empiece a hablar. De forma significativa mira el reloj a su izquierda. Suelta el humo al tiempo que habla: - Diez minutos. Y ya lleva dos.

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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Eirin MacGréine el Vie Dic 07, 2012 9:26 pm


Es una escena curiosa la se ilustra en aquella habitación, ella una joven que no supera los veinte años y él, uno hombre ya maduro con la experiencia de los años a su favor. Ambos se miran, se desafían de un modo delicado, sutil e incluso elegante. Es como presenciar la danza de dos águilas que tiene una presa en común, dos seres que lucen en todo su esplendor su magnificencia, y que se miden con las miradas.

Ella se cuida de no parecer ansiosa, el se protege de ella, es extraño, pero ella así lo siente. ¿Qué ha de temer un hombre de su experticia de una mujer como ella?

La razón nos responde que nada, eso dice la cordura. Pero la insensatez nos dice que todo. Dos seres tan controlados y manipuladores, tienen todo que temer si se trata de perder el control de la situación. La fémina entiende aquello, son precisamente sus ansias de ganar las que le pueden hacer trastabillar, pues para ella no se trata tan solo de un proyecto ambicioso, sino también de una meta personal, saberse dueña del mundo al conseguir un solo voto de confianza de él.

Es simple, es una guerra de egos, dos voluntades que se niegan a ser sumisas. Dos seres que buscan ponerse en jaque, tal cual si fuese un tablero de ajedrez. Uno en que ninguno desea tomar un bando por el momento, aunque al menos él ya tomo su propia pieza, el rey, sin ser blanco ni negro, por ahora solo un gris que engalana sus ropajes. Ella se mueve como alfil, no necesita títulos, pero si estar dentro del círculo mas intimo y moverse en el tablero con gracilidad, tomando piezas para si, su color, el mismo que el monarca, ella será lo que él busque.

Ante esa idea ella sonríe calmada, observándole detenidamente, no hablará hasta que él le de una señal. Será sumisa el tiempo suficiente para mover sus propias piezas del tablero. La joven puede moverse con completa libertad en el tablero sin que parezca inapropiado, no aspira a ser la dama, pero si recorrer las casillas como una sombra, casi imperceptible que no entorpece a los suyos, pero si asecha a sus contrarios.

Un gesto inconsciente de comodidad ante esa situación, una ventaja que no se esperaba, pero que sola se dibuja ante los movimientos de él. Sigue con la mirada le humo de puro y ella misma se antoja de probar los suyos, pero lo evita por el momento, luego será tiempo de comodidades. El gesto de su rostro marca las distancias que ella ya conoce, pero no le intimidan, solo le generan una gratificación mayor al verse allí sentada.

La ceja arqueada de él es el gesto que esperaba para moverse, es su turno, y él le da en su favor al delatar las reglas. Solo diez minutos los que él le otorga, ella está preparada para cinco, sonríe con complacencia cuando le advierte que ha perdido dos. Arquea una ceja con delicadeza, sin parecer grotesca y observa su reloj de pulsera, las nueve menos diez.

- Perfecto, tengo una cena a las nueve .- sonrió, la verdad, la joven Infanta de España a esa hora le citase en el teatro, aunque de aquello y se había encargado, alguien más iría en su lugar. Ella esperaba tener otros asuntos que atender.

Allí estaba ella, dando un giro a la escena adelantándose un paso a él, y al mismo tiempo poniendo en su cuello una soga, que bien sabe en cualquier momento el puede tirar. Pero es un riesgo que lo vale, se siente cómoda caminado entre trampas, sorteando los imprevistos y resolviéndolos.

- De buena fuente se que su majestad posee una colección privada y de muy buen gusto, de los mejores exponentes del vanguardismo.- expreso sin presentarse, son dos polos que se repelen, y que no requieren de presentaciones. A decir verdad, si se hubiesen conocido en un bar, sin títulos ni cargos, ella hubiese intentado seducirle por el simple choque de voluntades que ambos son.

- Quiero exponer su colección el South Kensington - concluyó sin mediar pausas, pues aquello no es lo realmente importante. Sino el contenido de su portafolios, donde están detallados los cuadros y las esculturas a exponer, con breves reseñas y ya definidas sus ubicaciones. Pero esos bocetos están bien resguardados en su mente, lo que le importa es aquella fotografía que tomase de ESE retrato, su as bajo la manga

- A cambio la Academia de Arte MacGréine donará a su colección privada algunas obras que tal vez sean de su interés- y allí saca su carta, una escala real tal vez, deja sobre la mesa dos fotografías, una escultura y un retrato realizados a la difunta esposa e hijo del Rey Sueco, unos que un gran amigo de irlandesa realizase algún tiempo atrás.

Un jugada peligrosa. Pero que ya está realizada.




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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Litterae Renascentes el Vie Dic 07, 2012 9:58 pm

Creyó tenerlo todo controlado. Creyó ser el que dominaba la situación. Había fallado. Cada palabra vertida genera en la mente del Sueco las contrapropuestas para aniquilarla, para despreciarla y mantener sus obras donde deben: en sus hogares, en las bóvedas. Cuadros antiquísimos custodiados por fuertes guardias. Y qué decir de aquéllas que Alix eligió durante su luna de miel, en todas las vacaciones que tuvieron juntos. Son tesoros invaluables, un solo rasguño en los marcos es un detonante para la rabia vikinga que todos temen en su país. Dante no se reconoce por ser un monarca benévolo. Es justo y ya. Es duro y así seguirá. Alza la barba mirando a la joven vertir palabras que no le importan en lo más mínimo. Nada lo convencerá de permitirle la entrada a su hogar, al lugar más privado de toda su vida. Aquél donde vivió durante cortos y provechosos años con la mujer de su vida. Ninguna dama aparte de Hilda ha dado un paso dentro más que las sirvientas y aún así, tiene las elegidas para que ingresen a esa ala de la antigua mansión. La que heredara de sus padres. La que fuera el ancestral terruño de los Holstein-Gottorp. El único lugar digno en el cual procrear. Donde naciera Nicolas. Creyó tenerlo todo controlado. Creyó ser el que dominaba la situación. Había fallado. La mujer ante él tenía todo fríamente calculado, pero al ofrecer la contrapropuesta, Dante sonríe con ironía. Es un rey, lo tiene absolutamente todo. Y aún así, ella saca una carta que es imposible para el exaltado ignorar. El habano tiembla imperceptible en su mano. La ceniza se desprende manchando el piso y él ni lo nota. Sus ojos están fijos en las dos imágenes sobre el pulido escritorio.

Un par de fotografías. Nada ordinario si no fuera por su contenido. El ojo de halcón del Rey lo atrapa con rapidez y controla el impulso de tomar con su mano dicho papel. La punta del habano se enciende en rojo anunciando que su dueño no está del todo contento. Los ímpetus no se calman con la nicotina, la piel le hormiguea, la cabeza es asaltada por cientos de preguntas. ¿Cómo, cuándo, dónde, por qué, quién? Aprieta las mandíbulas y se nota al soltar el humo que la tensión en su cuerpo va in crescendo. Sus ojos se fijan en el reloj. Ni siquiera cinco minutos. Sonríe con socarronería, así que la niña investigó bien, se documentó y obtuvo lo que quiso: su atención total. Preguntar al respecto es el peor paso. Uno que le hará perder el control. No hacerlo implicará un trabajo más exhaustivo, pero tiene el personal adecuado para hacerlo. Golpea sin consideración la superficie de la madera donde están posados esos dos objetos que son ahora más importantes que las mismas joyas de la corona. Un criado se asoma de inmediato - Vodka Martini, agitado, no revuelto y una copa de vino rosado para la dama - ¿Acaso piensa que se preocupará por sus gustos? No. Es un hombre, un rey, pero sobre todo, un ser que sabe qué debe tomar una mujer y cuándo. Y ahora es una copa de vino rosado. La comisura derecha se transfigura formando una mueca irónica. Una mujer viene a ponerlo en jaque. No, no será así. Una nueva calada al habano y sus ojos se posan en la joven, duros, agresivos, toda la frialdad puesta en una mirada bien colocada y utilizada para amedrentar al más valiente. Algo que le funciona en muchos de los suyos - Interesante jugada, pero aún le quedan 4 minutos y sigo esperando - saca de uno de los cajones una libreta y una pluma fuente, anotando en sueco dos palabras: "Irländsk målare". Aún sin ella saberlo, le ha dado la ubicación y las armas para hacer una de sus más grandes trastadas. Robará el cuadro y la escultura. Si no están en su poder, nadie más los tendrá, así tenga que quemar el museo o la Academia de Arte de la atrevida jovenzuela. Vuelve a tenerlo todo controlado. Vuelve a ser el que domina la situación. Ha triunfado.

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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Eirin MacGréine el Vie Ene 18, 2013 12:45 pm


Seguridad, aquello es lo que denotan los actos de la joven de origen irlandés que se luce sin reparos ante el más pedante de los monarcas que actualmente gobiernan Europa. Bien le advirtieron que pretender el más mínimo atisbo de atención de semejante personaje, no sería más que un imposible, pero ella persevero por casi seis meses a la espera de una respuesta a su favor. La misma que llegase hace no más de una hora que la tuviese allí, sentada frente a él con diez minutos exactos para ella, los que podría usar o dejar pasar, pero ella sabía muy bien cómo hacer rendir el tiempo y sembrar la curiosidad en aquel hombre en apariencia infranqueable.

El desconcierto se reflejo en los ojos del mismo cuando la mujer movió su pieza más importante, pero no la única, aquella que haría temblar la estabilidad del monarca. Las cenizas desparramándose sobre el tapiz, mancillando la pulcritud del lugar, el Vikingo se encuentra desconcertado. Un paso a favor de Eirin, que si bien aún está lejos de ponerlo en jaque, ha conseguido más que cualquier dama que le pretendiese en cualquier sentido conseguir algo de él. Con un nuevo ímpetu de satisfacción le examina, le reconoce guapo, un hombre del cual en otras circunstancias hubiese pretendido algo más que unas esculturas, un filtreo casual o incluso un desliz. Pero ahora su mente está en otro lugar, en esa fabulosa colección del vanguardismo europeo que él resguarda tan sigilosamente. No, de él no pretendería nada más, ningún romance, ni idilio, se conoce lo suficiente a sí misma para saber que sus voluntades chocarían.

Aun cuando los pensamientos femeninos pasan desde aquella lejana posibilidad de un coqueteo a sus planes para la exposición, no deja de seguir con disimulo los movimientos de su anfitrión. La seguridad con que toma la pluma y rasga el papel con dos palabras que son completamente comprensibles para ella “pintor irlandés”, la única pista que él puede tener sobre el origen de las fotografías. Sonríe para sí misma, satisfecha, conoce las intenciones de él, se esperaba algo así, que ´le intentase conseguirlas por su cuenta lejos del trato que ella le ofrece. Pero Eirin MacGréine tenía todo preparado, las obras estaban lejos del alcance de él, en las profundidades de la tierra en un lugar llamado Agharta.

Buscó en su bolso de mano su cigarrera, de plata con delicados grabados, con suma delicadeza tomo uno ente sus dedos, estirándolo acomodando el tabaco antes de llevarlo a sus labios carmín y encenderlo con meticulosa calma, sin pedir permiso, una calada profunda, señal de comodidad ante la escena que ambos protagonizan. Y aun pudiese parecer una falta de educación, ella no está haciendo anda que exceda los limites el mismo ha puesto para sí. Para la joven, los límites son iguales para ambos, y aunque la fría mirada de él parece querer fulminarla a preguntas, ella no se siente intimidada por la mirada de él ni por su impersonalidad. Por el contrario está jugando con las mismas armas de él.


- Verá, mi tiempo al igual que el suyo vale oro. - replicó en el mismo momento en que el criado ingreso con la petición del sueco, con uan delicada venia acepto la copa de vino rosado que le impusiesen como bebida - No me detendré a dar detalles de una propuesta que usted no tiene intenciones de aceptar- de la misma cigarrera saco una tarjeta de presentación, con fina caligrafía detalla dirección particular de la joven.

- Mi dirección particular, si acaso le interesa discutir más detalles del proyecto- dejo el cigarro a medio consumir en el cenicero de cristal al tiempo que se incorpora sin dejarle mucho tiempo a hombre de reaccionar. Con su bolso en una mano y la copa en otra giro sobre sus talones dándole la espalda escasos segundos, tiempo en que depósito la copa en la charola que el criado aun sostiene - Gracias, y aunque el vino es una excelente elección, yo decido que cuando beber- señalo antes de regresar la mirada a él.

Con una mano apoyada en uno de los arcos clavo sus intensos ojos en los de él, aquel era simplemente un gusto que se daría, un leve juego, un coqueteo sutil antes de retirarse. Sonrió levemente antes de despedirse - Tiene tres minutos libres, cortesía del South Kensington - se burlo antes de salir retirarse del lugar, no sin antes dejar sobre la mesa del recibir su portafolios con el proyecto completo.


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Re: Encuentros desafortunados

Mensaje por Litterae Renascentes el Miér Ene 23, 2013 9:00 pm

Fuego, nicotina que se aspira del otro lado del escritorio. Es una provocadora, una tozuda mujer que busca cambiar la concepción que Dante tiene de ella. La forma en que agarra el cigarrillo es decadente, sus labios una invitación a lo prohibido. El vikingo está acostumbrado a tomar lo que quiere por las buenas o a las malas y pudiera ser que ese cosquilleo en la entrepierna sea justo la indicación de que ha sido demasiado caballeroso con ella, pero la dama se le escapa antes de que decida si tomarla contra el escritorio o en la silla. Esa actitud beligerante sólo le genera a él una ansiedad de convertirse en el guerrero albino que temen en casa. Darle unos buenos azotes, quizá unas palmadas en ese trasero que se marca bajo la tela y que durante unos segundos atrae su mirada. La tarjeta está en el escritorio y no sabe por qué, pero permite que llegue a la puerta. No es el momento, ni el lugar. No cometerá un desliz, aunque ya su mente está bajándole la prenda hasta los tobillos para ver si su lencería es tan caliente como su coqueteo. Otra calada al habano mirándola con expresión fría. Ella puede que tenga la sartén por el mango, pero lo que no sabe es que está humeando y se quemará por ello mismo. Su osadía le permite sonreírse divertido. Una mujer que quiere meterse a la arena del Coliseo para pelear con ahínco, una pena que Dante sea un experto en estas lides. El puro queda en el cenicero y por impulso, tras asegurarse de que ella se ha ido y la puerta está cerrada, toma el pitillo de la joven y observa la boquilla. Fetichista. Sus labios forman una mueca cínica burlándose de sí antes de colocar los labios en las manchas carmín de la joven y aspirar profundo llenando los pulmones de humo y al mismo tiempo sintiendo una erección al pensar en tomar de la boca de la joven la nicotina. Decadente. Erótico. Niega soltando el humo, aplastando el resto del cilindro de tabaco contra la superficie del cenicero como es su intención con la figura de la dama ausente, pero como pocas veces tras la muerte de su esposa, es la cama el objeto sobre el cual desearía recostarla. Retoma el puro entre sus dedos. Lo observa en silencio antes de dar otro golpe al escritorio con la palma de la mano. Espera bebiendo un sorbo de su bebida, negando al recordar su desvergüenza al desairar su invitación a la copa de vino. El sirviente que se había retirado tras la joven aparece de nuevo y el Rey solicita la presencia de cinco de sus mejores buscadores, los quiere en sus aposentos lo más pronto posible. Obtendrá los cuadros así sea lo último que haga.

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- Sí, permítele la entrada en cuanto llegue. Te repito el nombre: Eirin MacGréine. Sé que vendrá - se acomoda en el asiento para encender el primer habano de la noche, son las seis y media de la tarde y pronto la doncella anunciará que la cena está servida como todos los días. A las siete en punto. Aspira profundamente llenando los pulmones de la sustancia y sonríe con diversión. Claro que se presentará en el Hotel, mucho más ahora que ha difundido por todos los niveles la exposición que ella ansiara con desesperación y de paso, la forma en que lo hará: Copiando su diseño, aprovechando el proyecto completo que le dejara en su anterior visita al Hotel. Todo será idéntico a sus bocetos, una forma de devolverle el golpe bajo. Seis meses en búsqueda del cuadro y la escultura sin éxito, por lo que le pagará de la misma manera: dándole un revés que la dejará sin aliento. Reconocerá de inmediato el tipo de exposición, todos los cuadros que ansiara y más. En los panfletos dejó claro que el organizador era una persona cuyo nombre se revelaría en la inauguración. Si ella desea jugar rudo, le demostrará que él le lleva ventaja. Si no accede a sus demandas, todas ellas, él mismo dirá el nombre del mejor rival de la joven como el orquestador de la exposición. Nadie le contradecirá, es un rey y el peso de su corona se dejará sentir en todo el lugar. Tuvo que claudicar por una parte, más cuando observó que todos los cuadros eran sólo los que la familia Holstein-Gottorp había reunido al paso del tiempo. Quizá la joven no sabía de aquéllas obras que Alix comprara en su oportunidad. Otra calada profunda y su mente se llena de quien fuera su Reina. Sus ojos, la risa que cada vez está más lejos de él. Suelta el humo mirando al techo. Eleva el trago que tiene en la otra mano al cielo y brinda mentalmente con una sonrisa frustrada. Su cabeza se mueve muy poco de un lado a otro para liberar tensiones y se pone en pie. Alista su traje ante el espejo para luego tomar el habano y caminar en pos del comedor. Las invitaciones están entregadas, los rumores sobre los cuadros a exhibir extendidos. Si ella se presenta, deberá ser hoy porque mañana sería demasiado tarde. Se ha dicho que el Rey entrará a la gala con el orquestador, así que si no quiere que se presente con LeBlanc deberá localizar al Exaltado en las siguientes 24 horas y no le será fácil convencer a Dante de darle el crédito. Esta vez, ella será la que entienda que con fuego no se juega.

Litterae Renascentes
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