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Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

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Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por Hilda Holstein-Gottorp el Miér Nov 07, 2012 9:11 pm

"Tengo miedo de verte,
pero también de que mis ojos
jamás vuelvan a captarte."


Sus manos sostuvieron con mucho cuidado la carta que significaba tanto para ella. Sus dedos repasaron el papel, esas letras de trazo masculino, en un tono azul la tinta sobre el blanco fondo. Cada palabra estaba marcada en la mente de la joven, esa memoria envidiable que estaba oculta a muchos de los que la conocían. Podía recitar en voz alta cada parte de ésta, aún ahora mientras observaba el agua de la fuente desde una de las torres más altas del Palacio de Drottningholm. El clima era frío, pronto nevaría, pero en su corazón todo era una actividad frenética que dudaba que alguna vez pudiera tener paz.

Él venía...

Iba a ir a Suecia.

A estar cerca de ella...

No, corrección, venía a ver a Frederick, su primo...

No a la Princesa Hilda. No era ella a quien él le dirigía sus palabras, con quien se reía y a quien mandaba abrazos esperando que se encontrara bien. No se preocupaba por ella. Simple y sencillamente, no existía en su mundo más que como una idea, un apéndice de su hermano Dante, un adorno más de la mesa que se mantenía inmutable y silenciosa. Era tan frustrante. Su mirada se dirigió al establo que hacía unas semanas había estallado con la intención de hacer valer una premisa que desde el inicio William negó en rotundo argumentando tan buenos enunciados que de inmediato Hilda supo que su pretensión sería anotada en la historia de ser cierta porque no tenía ningún sustento científico, fue tanta la ilusión de al menos poderle demostrar que era una visionaria que cuando descubriera todo le quedara el consuelo de...

Suspiró y cerró los ojos con fuerza jugueteando con las puntas del cabello que se habían soltado del elaborado moño. Su hermano le había puesto una regañada monumental tras haber comprobado que estaba bien, la castigó obligándola a permanecer en su recámara sin salir dos semanas y no después de haberle dado, cual niña, diez azotes que aún le dolía el trasero al tomar asiento. Eso había sido la muestra de que su hermano aún la amaba, pero sobre todo, que seguía siendo tan imprudente como cuando tenía la tierna edad de 5 años y se había montado sobre el perro favorito de Dante quien no había resistido demasiado el trato de "caballo", tirándola al piso y dándole semejante mordida que hubo de darle algunas puntadas y el animal enviado a la casa de campo del ahora rey.

Traviesa, era un calificativo que muchos le habían puesto a lo largo del tiempo y si Dante supiera lo que había hecho con el Rey de Inglaterra... Por Odín, no quería ni pensarlo, pero ahora no veía ninguna salida, tenía que ir a ver a William y presentarse como Frederick quien afortunadamente estaba ahora mismo en Grecia por lo que no habría riesgo de que se encontraran y su teatro se cayera cual castillo de naipes. ¿Travesura? Era corta esa palabra comparada a lo que Hilda pensaba de estar contestando las cartas del inglés y sobre todo, de seguir dándole ánimos para que fuera a Suecia y se encontrara con ella... no, con él. Guardó la misiva en uno de sus bolsillos internos, su vestido de color azul como sus ojos sólo reafirmaban la belleza de éstos, tan expresivos y llenos de sentimientos inocentes. Era pues, su corazón el puesto a prueba.

¿Sería tan arrogante de pensar que William jamás la descubriría?

¿Sería tan temeraria de presentarse ante él y fingir que era otro una vez más?

¿Y si algo salía mal? ¿Sería capaz de enfrentarse a las consecuencias?

Temía sobre todo que él no volviera a hablarle más. ¿Qué haría en ese caso? Se moría sólo de pensar de no recibir otra carta de él, que el simple pensamiento de que la odiara era desgarrador. Debía no alentarlo, hacerle ver que no era bueno presentarse en Suecia. Aún tenía tiempo... él llegaría en cuatro días, aún podía... ¿A quién engañaba? Quería verlo de nuevo, saber que su mente no le había engañado al recordarlo de esa forma en que su virilidad y masculinidad resaltaba y la hacía suspirar.

Estaba irremediablemente enamorada de él. No era capaz de decirle que no a nada que él le pidiera. Le iba a destrozar el corazón su entrevista y a pesar de ello, se encontró justo arreglando sus ropas y viendo las excusas que le iba a dar a Dante para desaparecer al menos durante una semana. Decirle que iba a ir quizá a la casa de campo y que Rose la acompañaría podría ser justo una de sus mejores ideas. Rose era la única que conocía la verdad sobre las cartas que le llegaban al primo del Rey. La que estaba tan aterrada como la misma Hilda ante la próxima llegada del Monarca de Inglaterra. La que también temía las consecuencias de un paso en falso y aún así, la que estaba igual de entusiasmada que Hilda, porque rogaba que este cuento de hadas, esta imposible dimensión, fuera real.


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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por William Sajonia-Coburg el Lun Nov 12, 2012 10:53 am

I Really need to learn
'Cause we're living in a world of fools
Breaking us down
When they all should let us be
We belong to you and me

A cuenta gotas escribía las primeras líneas de la siguiente carta para mi buen amigo Frederick –Anunciando la llegada Suecia- quien desde su llegada descubrí la plenitud de nuevas ideas peligrosas y literales. Está claro que la amistad entre dos hombres son la lanza más fiel y el escudo más sólido para servir a ambos ejecutores. La primera vez que el Rey de Inglaterra tendría el privilegio de escuchar el punto de vista de a ojos de otros lords serían situaciones descabelladas y faltas de coherencia. Mientras que William aceptaba los retos para realizarlos con la actitud tan temeraria que siempre le habría identificado. Pero no importaba su extraña actitud con mi cercanía, o sus ojos azules que centellaban bajo las miradas acechadoras de mi persona. Frederick no era el típico hombre sueco y científico embobado por la curiosidad del aprendizaje o el descubrimiento de lo desconocido.

La carta viajó encomendándose a sus manos por uno de los más rápidos de mis mensajeros reales, mi llegada era inevitable a tierras suecas, nada en lo absoluto era más importante que visitar al amigo que ganada mi confianza tenía ya. Ni el Rey o la princesa de aquel país, la incógnita de mi visita no habría llegado al palacio a ser que yo así lo requiriera u ordenara. Pero la absoluta discreción de mis viajes era lo que primordial y necesaria para mi propio descanso, después de todo no se trataba de un viaje de adquisición de bienes, poder o intercambio de ideas políticas. Suecia era el paradero de uno de los mejores científicos conocidos por mí, el Rey y mi osadía sería recompensada por una visita sorpresa que ni el mismo Frederick se llegaría a imaginar.

Con dos carruajes y un navío de la corte Inglesa bastante lujoso –El más grandioso de todos- navegamos por el mar sombrío, de nubes grises y relámpagos, aquellas tormentas que nos daban indistintamente del clima cierta ventaja. Mientras que el viento golpeaba mi rostro imaginaba la posibilidad de realizar otro experimento más en compañía del buen Frederick el cuál me ilustraría con sus conocimientos sobre la física o la química.

Tras un viaje exhausto por altamar el barco zarpa en el muelle más cercano, las velas se guardan con ligereza por la tripulación a la vez en que el carruaje desembarca junto con los cuatro corceles pura sangre, a simple vista parezco entre la multitud de pescadores y hombres encargados del océano mucho más importante e imponente, justo como la realeza extranjera pudiese lucir en aquellos lugares, mis manos toman la puerta del carruaje subiendo a este en tanto retoma el camino hasta la villa de Frederick a quien ansío ver finalmente luego de tanto tiempo fuera de mi país…Inglaterra.

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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por Hilda Holstein-Gottorp el Lun Nov 12, 2012 2:37 pm


"Odín, padre de todos.
Que no sepa mi verdad.
Y si la descubre, que no sea cruel conmigo."


Se aclaró la garganta alisándose las ropas, sobre todo los pantalones tan pulcros, pero que rellenaba con vendas con las que rodeaba sus muslos. Eso hacía que tuviera una forma de caminar muy singular con las piernas levemente abiertas, como algunos hombres de su país. Y se debía a que no se preocupaba de cómo se veía ante el Rey de Inglaterra. No estaba en sus planes "conquistarlo" o hacerle ver que era un caballero de gran atractivo, todo lo contrario. ¿Qué se pensaría si se dijera que era amanerado? De por sí en Reino Unido no se quitó esa etiqueta por nada del mundo, ni siquiera galanteando a cuanta dama se le ponía enfrente y era quizá por ese rostro cuyos ángulos le favorecían como dama y como hombre, le perjudicaban demasiado.

Cualquier caballero que estaba demasiado tiempo ante Frederick notaba esos rasgos, esos ojos tan brillantes y llenos de vida que pronto estaba descubriéndose pensando en él de unas formas que preocuparían su hombría. Algunos incluso dejaron de hablarle alejándose sin más explicaciones, otros tuvieron la valentía y se lo dijeron de frente, pero de una forma muy agresiva y cómo no entenderlos si era su masculinidad la que estaba puesta en duda. Aunque para su fortuna, la comunicación con el Gobernante de Inglaterra fue esporádica y la mayor parte de las veces por carta. Misivas que eran entregadas por Rose quien iba cada vez pretextando más y más metiéndose en una cruel telaraña de la que ambas no saldrían con bien.

No sabía a quién le iba a explotar la bomba, si a la fiel dama de compañía o a la propia Hilda en el instante en que el Rey llegara. Estaba mortificada y ahora mismo miraba su figura en el espejo. Frederick había cambiado, pero sólo en su estatura porque seguía siendo el mismo joven delgado y pálido que el Monarca conociera en Inglaterra. Ni una libra extra de peso, aunque la propia Rose se había encargado de fajar bien las caderas femeninas de la princesa y de apretar sus senos para formar un uniforme tórax "masculino". El bigote era algo que no importaba cuánto se esforzaran, sencillamente no hacía justicia a uno verdadero, aunque quizá William lo atribuyera al intelecto y sobre todo, la forma de ser tan extraña de Frederick.

El cabello amarrado bajo la peluca con rizos alborotados que jamás tenían un orden adecuado, que no parecían ser domados por peine alguno, era justo su sello personal. Las manos bajo los guantes porque era imposible que pudieran disimular las uñas largas propias de una dama, los delgados dedos blancos que jamás habían visto actividad propia de un varón por obvias razones, pero que para un intelecto como el de su visitante sería justo una llamada de atención gigantesca. Volvió a revisarse de pies a cabeza y con ella, Rose también la miró suspirando acongojada. El miedo se sentía en el lugar, en el ambiente. Era increíble y sobre todo amedrentador, pero saldrían bien.

Hilda ya tenía un plan.

Uno que alejaría al Rey de su vida.

O al menos, lo intentaría.

Ojalá resultara...

Escuchó el relinchar de los caballos y el inconfundible sonido del carruaje y se lamió los labios. Le intrigaba ver cómo había sido tratado el Rey por el tiempo y tras una mirada a Rose, asintió y bajó a recibir al Rey. Para su fortuna, su hermano le había prestado una de las haciendas más alejadas de casa, por lo que pocos eran los sirvientes que podrían decir algo a su hermano y por si las dudas, los había mandado a todos fuera del lugar. Sólo estaba Rose y su hermano quienes atenderían las necesidades de ambos "amigos". Todo estaba fríamente calculado, aunque en la mente y el corazón de Hilda, no hubiera nada frío, todo lo contrario. Había una enorme felicidad al ver que se detenía el carruaje justo cuando ella aparecía en el umbral y sin que nadie le ayudara, el varón más importante de toda Inglaterra, si no que de todo el mundo, bajaba con movimientos intrépidos y llenos de una agilidad propia de un ser que se entrena constantemente.

Así, empezaba todo. Así, Hilda volvía tener ante ella, al hombre que le provocaba mariposas en el estómago. Tenía que ser fuerte, tenía que ser hábil. Tenía que serlo.

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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por William Sajonia-Coburg el Mar Dic 04, 2012 5:45 pm

Tiene la arrogancia del sol,
Mirada cándida,
Su piel de nieve se hace fuego
Cerca de mi
Es amiga y amante fiel,
Ve las estrellas,
Camina junto a mi soñando
Con cosas bellas


Entre los dedos tomé el primer cigarrillo del día, hacia bastante ya del último halo de humo que mis pulmones habían retenido y claro el clima fresco de Suecia ameritaba la primer bocanada de nicotina. Con la acostumbrada actitud osada y desinteresada en todo aquello que me rodeaba admiré el paisaje, las montañas cubiertas por la nieve al horizonte me recordaron a Inglaterra en invierno y un poco de Escocia cuando lo visitaba después de un largo tiempo de caza. Arrope las manos con los guantes negros de piel para calentar las falanges de mis dedos y continúe admirando el exterior.

Mientras contemplaba con asombro la espectacular muestra de la naturaleza, un sinfín de ideas venían una y otra vez, entre preguntas, dudas y posibles respuestas chasqueé los dedos evitando las suposiciones, aunque era inevitable poder dudar de la masculinidad de Frederick, incluso en cada una de sus cartas existían algunos puntos y ademanes en su forma de escritura que si no fuera porque ya lo había visto cara a cara, pensaría que era una joven mujer haciéndose pasar por varón e injustificablemente le castigaría por jugar con fuego, nadie se burla del Rey de Inglaterra, mucho menos una joven dama que seguramente entre risas se divertía con cada palabra de mis misivas. Suspiré exasperado ¿Y si fuera cierto?, contuve la respiración e inhale un poco de tabaco soltándolo al paso de tres segundos aliviado, si fuera cierto de que Frederick fuera ni más ni menos que una dama, podría caminar tranquilamente sin el cargo de conciencia que me habría generado durante su visita al Palacio de Buckingham, mi gusto por sus rasgos finos y perfectos, su naturalidad al hablar y la chispa incontrolable de sus orbes azul cielo – Por fin todo sería justificable-.

En ese momento el relinchar de un caballo me sacó de mi reflexión la cual me mantenían absorto en una serie de cuestionamientos difícilmente de evadir o ignorar, giré sigilosamente la mirada hacia un costado justo para darme cuenta de que mi destino estaba justamente frente a mí. En ese instante una frase de una de las tantas cartas entre mi gran amigo y yo se presentó como premonición “Todo lo que tarda en llegar siempre vale la pena mi buen amigo”, habían pasado algunos años desde la última vez en que nos habíamos visto, las cartas eran las únicas que nos mantenían en comunicación y enterados de nuestras situaciones, inclusive de las nuevas y misteriosas hazañas entre dos mortales – si así se me puede conocer- con un salto ágil bajé del carruaje impetuosamente y por recato o cortesía asentí hacia la mujer que se acercó hasta dónde me encontraba, pero entonces la figura de Frederick en un instante me hizo levantar la mirada.

Sus rasgos eran los mismos que recordaba, su nariz fina y curvilínea, sus mejillas sonrosadas, al igual que esos ojos chispeantes y llenos de vida como el mar abierto deseoso de ser explorado, era extraño para mí que esos detalles fueran precisamente los que llamaran la atención y que algo de Frederick – no sabía que a ciencia cierta - me atrajeran, saltando al ojo evidente de algo más que una amistad, era atracción y una muy extraña que prefería ignorar.

- ¡Estimado Sir Frederick!, tanto tiempo sin verle - exclamé con un tono natural, dónde mi voz ronca y masculina claramente se distinguía entre los presentes, era inevitable esconder la casta de la cual era descendiente, por ley y nacimiento me correspondía estar dónde me encontraba y por favor o desgracia me había convertido en un Rey tan capaz e importante en el mundo. Subí las escalinatas a paso lento y al tiempo que me acercaba la piel de mis brazos se erizaba paulatinamente, en mis labios se dibujó la peculiar sonrisa torcida delineando justo encima del labio superior la mueca tan propia de mi persona acentuando mis rasgos – Ha sido un viaje inoportuno pero lleno de adrenalina, el barco especialmente en el que llegué ha cruzado los mares como cuchillo en la mantequilla, y antes de que preguntes - interrumpí con recelo - Me han tratado excelentemente…- terminé sosteniéndole la mirada y la que inevitablemente hacia bajar a quien fuera, la suya.


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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por Hilda Holstein-Gottorp el Jue Dic 27, 2012 7:39 am

"Baja la cabeza,
no lo mires a los ojos,
que no vea en los tuyos,
ese irremediable amor."


Su modelo favorito a imitar era su hermano Dante, esa apostura tan gallarda, tan llena de arrogancia y prepotencia en cada músculo, en cada actitud la hacían mirarlo con los ojos llenos de admiración. Más de una vez lo había intentado y había fracasado estrepitosamente. Ella no era una mujer, corrección un "hombre" así. Terminaba comportándose de una forma por completo radical a su imagen, frustrada y molesta consigo misma. No era pues, una dama fría, insensible. Y su hermano tampoco, pero las circunstancias le provocaban conducirse de esas maneras para que nadie más pudiera acercarse demasiado y tocar las fibras más sensibles de su corazón. Y ella lo amaba con toda su alma y por más que intentaba entrar a esa esfera en la que se había rodeado, le era imposible. Por ello mismo había escapado hacía ya tantos años a Inglaterra, creyendo que él no notaría su ausencia, tras la muerte de sus padres, de su cuñada, de su sobrino. No había nadie que la comprendiera, que la quisiera cerca de sí. Dante se había blindado y ella sólo necesitaba alguien que la abrazara y cuidara.

Así, había dado el primer paso para la hecatombe que ahora tenía ante sí. Ese carruaje que conducía a la persona más poderosa del mundo, que si se sentía ofendido sería capaz de encarar a su hermano y éste, tan drástico, tan radical, no dudaría en protegerla para darle su propio castigo. Era algo que Hilda había aprendido: Dante podría ser insensible, inhumano, pero siempre le mantenía bajo su ala, decidido a enfrentarse al mismo Odín en caso de ser necesario por tenerla consigo, porque nadie le tocara ni un solo cabello.

Dudó...

¿Debería seguir?

Las piernas le temblaban.

La garganta se le secaba.

El corazón latía desesperado.

Las manos le hormigueaban.

Aspiró aire de nuevo, con fuerza, inflando el pecho para enronquecer su voz, encarando como lo hacían los grandes vikingos, las valquirias a los enemigos, pero William no era uno, ni siquiera podía catalogarlo así. Y aunque lo fuera, era tal el sentimiento que le profesaba, que la propia Hilda le sería un botín de guerra que por propio pie iría a donde indicara. Le vio subir las escaleras con esa paciencia que ningún año le había desprendido, esos ojos, el rostro viril y masculino había cambiado para ensanchar las facciones, darle un poco de más vello donde antes no lo había, alargando su cabello de forma que acariciara su nuca de manera sensual. Su sonrisa torcida, ese olor a cigarrillo impregnado en sus ropas le parecía atractivo a pesar de que otros no pensaran así. Cada parte de su anatomía había mejorado con los años, dándole quizá un poco de más músculo, haciendo de él una figura en particular devastadoramente atractiva. Quizá exageraba, pero para ella lo era y el mirarlo acercarse con lentitud, con esa regia apostura, el atractivo en lo profundo de sus ojos la hacía sentir las piernas de gelatina.

Sonrió, primero esbozó una mueca que intentaba ser sonrisa y no lograba nada, esa timidez propia de su sexo ante el masculino, pero no ante cualquiera, si no provocada sólo por el Soberano de Inglaterra. Un titubeo propio de una dama era el que le demostraba, como si no supiera qué hacer y al final cerró los ojos fuerte para al abrirlos soportar esa mirada que desarma a muchos, pero que para ella es hipnótica, como si fuera ella un suave, apapachable y dulce conejo ante la serpiente que de un solo mordisco le haría perder la vida. Él podría hacerlo si se lo proponía, no necesitaba mucho sólo decirle que no la quería en su vida. Eso desgarraría el alma de Hilda hasta sus más íntimos cimientos, pero tenía que salir avante, levantar la barbilla y sonreír y eso mismo hacía ahora. Dejaba atrás todo el miedo con la finalidad de poner en marcha su plan y hacer que el Rey se fuera de Suecia para no volverla a tocar nunca más y mucho menos escribirle.

Era una ambiciosa empresa y por lo igual, dolorosa. No saber de él más que por reuniones protocolares, chismes de corte y noticias de periódico. ¿Resistiría? Realmente no tenía la menor oportunidad, pero era necesario para ambos. No, era un requisito para ella, dejarle atrás, no mirarle, no saber de él. Verlo... y se dio cuenta de que él la miraba aún, pero los ojos de la joven estaban desenfocados, le veía y al mismo tiempo estaba sumida en sus pensamientos. Hasta que un carraspeo la obligó a recuperar la compostura, Rose la había salvado de nuevo. Se arregló las ropas y apretó fuerte la garganta para soltar las primeras y roncas palabras. Eran más como ladridos, porque jamás llegaría su voz a ser masculina ni por asomo. Por lo que en ocasiones tenía que repetir hasta tres veces las palabras a sus camaradas varones cuando esa misma ronquera autoprovocada le daba una mala pasada.

- Sí, sí, bienvenido sea Su Majestad, me da gusto que le hayan tratado conforme a su status, pero vayamos al grano, el día acaba de empezar y el tiempo es corto para los que hacemos de la ciencia nuestra vida, tengo planeado un nuevo experimento, jojojo, espero le guste participar activamente, sígame. -

No lo invitaba a desayunar a propósito. Un hombre científico no se preocuparía por esas nimiedades, no quería parecerle una mujer por lo que tampoco le dio ni por asomo un apretón de manos, ningún roce, nada que pudiera darle armas al rey, que pudiera hacerle sospechar de su femenina condición. Se metió los pulgares a los bolsillos del saco y empezó a caminar hacia el interior de la mansión, con la finalidad de recorrerla de frente y salir por el otro extremo, en pos de lo que parecía ser una vieja construcción, un granero.

- Venga, venga, el tiempo es oro, tengo planeado comprobar la hipótesis sobre la conversión del plomo en oro, muchos dicen que es imposible física y químicamente, pero he encontrado algunos huecos que podrían ser las respuestas a las incógnitas ocultas en las sombras, jojojo. -

Su caminar era torpe, producto de los vendajes y fruncía los labios mirando al frente, toda su fachada era la de un genio loco. Y era la verdad, la locura era requisito indispensable para seguir adelante con esta empresa.

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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

Mensaje por William Sajonia-Coburg el Lun Ene 21, 2013 7:30 pm

Qué extraña es la vida
Cuando te pone pruebas que nunca crees superar.

La sensación que Frederick provocaba con su cercanía era extraña, su olor distaba abismalmente al de un caballero. Era fresco, entre cítricos y mentas ¿o flores?...no lograba distinguir pues se mezclaban muy bien como si éste quisiera solapar algún olor particular, parecía más bien que disfrutaba del buen aseo y la propiedad de prendas bien elegidas, pulcras, tenía buen gusto para ser varón, aunque podría esperarlo si era la dama que se encontraba a su lado la que lo vestía. Sonreí extrañado y con mi boca realicé una mueca que no pude lograr disimular, mi cansancio era notorio y a traspiés alcance el abrigo del carruaje, al detenerme tras su espalda pude notar como sus caderas notablemente se habían ensanchado tras el paso de los años ¿Aquello era natural?.

Frederick era de esas personas que no acostumbraban dejar pasar el tiempo de largo, siempre inventando alguna nueva fechoría con la ciencia, pese a ello yo le admiraba. La mente creativa y retadora no cualquier espíritu lograba tenerla en aquellos tiempos que aunque la ciencia y la tecnología estaban en revolución día con día, actualmente no se veía del todo bien los descubrimientos insólitos fuera de lo ‘común’ o esos que no tenían respuesta alguna. Pero él trataba de olvidar a la multitud que con una sola mirada podía mandarle a la horca o los dedos que te señalaban levantando prejuicios morales sin contemplaciones.

…Así era él…tan diferente y tan similar a mí.
Sólo importábamos nosotros mismos en esos instantes
Y mi cabeza sólo daba vueltas
Al imaginar semejante situación…

Entre pensamientos confusos e ideas desilusionantes apoyé mi diestra sobre el bastón que me acompañaba día y noche, sonriéndole como sólo yo sé hacerlo para persuadir a todos mis acompañantes, incluso lords o ladies advertí mi disconformidad seriamente…-Siento decepcionarte, mi estimado Frederick, pero aunque el tiempo es oro, más necesario es un descanso y el alimento principal en la vida de un hombre y un rey…– señalé con presunción tomando otro cigarrillo el cual coloqué en mi boca, enfoqué la mirada en él y completé –…Es el desayuno…así que si no te molesta amigo mío desearía probar bocado antes de aventurarme en tus descubrimientos más insólitos...¿vamos?- encendí el cigarrillo jalando la primer bocanada de tabaco, lo saboreé en el paladar como si fuese el primero del día y saqué el humo por las fosas nasales lo que hizo que mi cuerpo se relajase aún más por la influencia de la nicotina.

Repercutía en mi concentración su cercanía, no era propio de mí entablar una relación tan íntima y cercana con un joven de la nobleza sueca, mucho menos si se trataba de un extranjero, aunque aquello podría mejorar las relaciones entre nuestros países Suecia-Inglaterra. Sabía a razón de que pie cojeaba el Rey, su particular sentido del humor y carácter que no distaban mucho del mío, por ello nuestras relaciones jamás habían fructificado para el bien de nuestras potencias. Inclusive más de dos ocasiones nuestros roces habían tenido encontronazos en cumbres políticas dónde nuestras formas de ver las situaciones distaban contraponiéndose ideas con otras.

Que sencillo sería inmiscuirme en la mente de mi receptor, manejar a mi antojo la curiosidad de ese hombre que se decía mi amigo –Lo parecía al menos-, pero del cual sabia perspicazmente –Intuición quizá- que algo ocultaba bajo la manga. Pero es más divertido era para mí jugar al gato y al ratón, y tolerar por supuesto, lo que haya detrás de esos ojos dulces que se esconden bajo la careta de unos rasgos masculinos, el misterio rodea su anatomía, sus palabras y así deseo dejarle, las sorpresas son más irónicas de soportar y disfrutarse, si es que alguna hubiese detrás de Frederick o de mí. Con un movimiento de mi diestra la comitiva que me acompañaba se posicionó exactamente detrás nosotros, me mantuve de pie con conservando el porte altivo en espera a la respuesta de mi anfitrión a quien observé meticulosamente ¿Por qué tanta premura ocasional? ¿Algo le asustaba a Frederick?..De inmediato lo sabría sin una sola pizca de magia.


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Re: Rostros bajo las caretas, realidades desconocidas [William Sajonia-Coburg]

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