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Crescendo

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Crescendo

Mensaje por Aleksandr Skriabin el Sáb Nov 17, 2012 11:48 pm

CRESCENDO

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Opera 42 de Skriabin. Sonata que Aleksandr tocará en el post.

El sábado ha comenzado y promete ser un día perfecto para ensayar, los últimos días he estado bastante distraído y he fallado en más de una nota. Son prácticamente las ocho de la mañana: el sol está ya en lo alto alumbrando a todos con sus rayos. Subo a la parte trasera de mi auto mientras pienso, inevitablemente, en mi natal Rusia. En estas fechas, allá, estábamos congelándonos, con temperaturas por debajo de los cero grados centígrados, mientras que aquí estaba viviendo un otoño de lo más agradable.

―¿Al conservatorio señor Scriabin?―

Separé mis ojos de la ventana mientras repetía sus palabras en mi mente para encontrarles sentido, me distraje al ver una hoja desprenderse de un árbol y ondular con gracia por el aire. ―Sí…― ¿Al conservatorio? ―Sí, Louis, al conservatorio. Por supuesto. ― Repetí con más seguridad ahora que mi mente había regresado a mi cuerpo. ―Tienen un buen clima aquí en Inglaterra. ― Agregué para tener algo de conversación para el camino.

―Debe esperar al invierno, señor. ―

―Dudo que sea más implacable que el de invierno ruso. ― Refuté con educación y ambos nos echamos a reír. Luego de eso, el silencio inundó el carro porque yo me enfrasqué a revisar las partituras que practicaría la mañana de hoy. Pasé las hojas una y otra vez recorriendo con mi mirada las notas; estaba preocupado por lo que había compuesto porque creía que había acelerado demasiado el tempo en algunas partes. Miré mis dedos: pequeños y delgados. Por un momento me vi tentado a decirle a Louis que cambiara de rumbo pero, supe que era demasiado tarde cuando vi el elegante enrejado del conservatorio de música: ya habíamos llegado.

―Ya llegamos, señor. ―

―Sí Louis… gracias. ― Me obligué a sonreírle y de inmediato me bajé del carro sin esperar a que me abrieran la puerta. Comencé a caminar hacia el edificio con grandes zancadas y, en el camino, fui saludando a varias personas que ya me estaba acostumbrando a ver: servidumbre del conservatorio, alumnos, profesores, toda una marea de personas unidas por el amor a la música.

―Señor Scriabin, señor Scriabin.―

Desaceleré mi andar al escuchar pasos que se esforzaban por acercarse rápidamente a mí. Volteé sobre mis talones para ver de quién se trataba y de inmediato me di cuenta que era aquel regordete sujeto que le daba mantenimiento a los instrumentos. ―Señor Andrew, buenos días.― Lo saludé con un elegante inclinar mi cabeza. ―¿Cómo está ese magnífico Érard? ― Me refería al piano en el que yo practicaba.

―Señor Scriabin, justamente de eso le quería hablar. Tenemos una obra de teatro mañana en la noche y lo hemos pasado al escenario. ―

―¿Al escenario? Pero…―

―Pero puede ir a practicar allá, nadie lo molestará. ―

―Perfecto, entonces. ―
No tenía ninguna objeción, no me molestaba practicar en un escenario. Me sentiría mucho mejor ya que no habría nadie escuchándome, era ideal para ensayar mi nueva composición. Andrew me condujo de inmediato al escenario principal del conservatorio y, luego de prometerme que nadie me molestaría, se marchó.

Mi Érard me estaba esperando arriba y más flamante de lo que lo había dejado. Me fue imposible no sonreír y, luego de acariciar la brillante caja de resonancia, coloqué mis partituras en su lugar y tomé asiento en la butaca. Comencé probando la afinación de las notas y calentando un poco los dedos con una sonata bastante sencilla. Cuando creí que estaba listo me quedé sentado mirando la partitura que yo mismo había escrito como si se tratara de un enemigo al que tenía que vencer. Suspiré.

―Aquí vamos…―

El principio era bastante sencillo: no tenía muchos cambios de notas y los que habían estaban en la misma sección. Me preocupaba, más que nada, la tercera página de la partitura por la cantidad de cambios que tenía, necesitaba abrir mis dedos para llegar a todas las notas en el perfecto tempo. Terminó la segunda página y, con una fuerte inhalada, recibí la tercera. Para mi sorpresa mis dedos fluyeron con destreza a través de las teclas más sin embargo, el meñique me jugó una mala pasada casi al finalizar esa página. Me detuve de inmediato y elevé la mirada buscando calma, no iba a darme por vencido.

Recorrí los asientos con mis ojos, imaginándome a un público inexistente cuando divisé a un hombre que no era producto de mi imaginación. ¿Cómo había entrado? O, peor aún, ¿me había escuchado fallar? Carraspeé mi garganta e intenté portarme a la altura.

―Caballero, ¿busca a alguien?― Era la única razón que se me había ocurrido para que estuviese allí.


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Re: Crescendo

Mensaje por Litterae Renascentes el Dom Nov 18, 2012 10:10 am

Londres, una ciudad llena de ese acelere cotidiano impropio de regiones como la que gobierna el hombre que baja del vehículo último modelo: un auto de gasolina con una potencia tal que puede superar a los briosos córceles con los que su abuelo se transportaba en el pasado y todo con una velocidad pasmosa. Sus zapatos bien lustrados se deslizan por la alfombra, su mano izquierda se coloca sobre la espalda de la joven que a su lado le acompaña. Su preciosa hermana Hilda quien se empeñó en que pasaran la tarde en el conservatorio para escuchar algunas interpretaciones y sobre todo, ver los mejores pianos en la ejecución de manos privilegiadas. Dante se vio impedido a negarle el capricho, pocos son los momentos en que puede estar con su hermana disfrutando de trivialidades como ésta misma tarde, por lo que no pudo y no quiso resistirse a ese par de ojos suplicantes cuando llegó hace tres tardes a decirle que podrían pasar un maravilloso rato.

El vikingo observa los rizos dorados de su hermana al contraste del sol, Inglaterra es un país agradable, su clima y la misma formación rígida de las personas que lo habitan lo hacen digno a los ojos del monarca. El que no sea una gente servil, si no atenta. Si hay algo que Dante no soporte es el servilismo extremo, lo odia in extremis y prefiera abstenerse de tratar una persona así. La risa de su hermana le saca de sus cavilaciones, voltea a mirarla y sonríe a su vez contagiado por su alegría, la ve revisando algunas cajas musicales de los mejores pianos. ¿Por qué no le sorprende? Así que no era una reunión para oír música si no para alguna de esas ideas estrambóticas que normalmente se le ocurren. ¿Qué será ahora?

Se cruza de brazos y recarga la espalda en uno de los pilares de la habitación blanca, con adornos en dorado y en tonos café como la alfombra y el tapizado de los muebles. Todo en un agradable ambiente neovictoriano. Uno de los cuadros le llama la atención por el colorido tan diferente de lo que está acostumbrado en casa. Atento, revisa cada pincelada y la técnica del óleo que le remonta a lugares alejados de la misma Irlanda, supone. Alza una mano y roza con delicadeza una parte de la pintura. Asiente para dar tres pasos atrás y apreciarla con un ángulo mejor. En ese instante sus oídos captan una melodía desconocida, pero con tempos bastante interesantes y que le deleitan el oído. Entrecierra los ojos caminando de forma automática a un lugar donde pueda ser testigo de esa canción que está adentrándose en la piel, causándole escalofríos en tanto transporta su mente a momentos en los que Alix se sentaba ante el piano y sus dedos magistrales se movían sobre las teclas y su pequeño Nicolás se le acomodaba en el regazo para acomodar la cabeza en el pecho del gobernante y escuchaba con alegría a su madre.

Ese tipo de musicalidad es la que le embarga de sentimientos y le hace separarse de Hilda para adentrarse en una habitación del inmueble para mirar hacia el frente, la figura masculina que desliza los dedos por sobre las teclas con facilidad, lo que no le cabe duda que tiene ante él a uno de los maestros del conservatorio. Ningún alumno tiene tal adiestramiento. Sus brazos se cruzan entre ellos al tiempo que su mente viaja a otro lugar, en otro tiempo, con una mujer cuya sonrisa aún anhela, con un hijo cuyas travesuras son una espina clavada en el corazón. El dolor y al mismo tiempo la nostalgia.

Una nota le saca de sus recuerdos, los ojos del gobernante se abren justo a tiempo para notar que el pianista se ha dado cuenta de su presencia, aún "adormilado" vaga la mirada por su alrededor para ser consciente de que es a él a quien le hablan. Parpadea y asiente para encogerse de hombros con levedad. - No busco a nadie y no vi ningún cartel que impidiera la entrada, sólo soy un espectador. ¿Tiene alguna objeción por mi presencia? No creo que sea pecado estar en el momento que un pianista está ejecutando una oda, ¿Qué no es esa la razón del por qué interpretan una pieza? ¿Para llegar a lo profundo de su audiencia? - lo está probando, a ver qué clase de persona es. Se sabe que los músicos son especiales, egocéntricos, mas sin embargo se pregunta qué tiene de especial éste que tiene ante él. Decirle que es el Rey de un país no es algo que le pueda convenir de momento, así que de momento jugará las cartas a su manera.

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Re: Crescendo

Mensaje por Aleksandr Skriabin el Jue Nov 22, 2012 8:21 pm

Me había formado un escenario optimista: un escenario en el que el caballero frente a mí se trataba del padre de algunos de los estudiantes del conservatorio; que había entrado pensando que tal vez lo encontraría allí y, ante una respuesta negativa que yo daría, seguida de algunas indicaciones para llegar al lugar en el que seguramente lo encontraría, se iría. Pero no fue así, el caballero simplemente había entrado por curiosidad y ahora me sentía aún más avergonzado por mi falla. Miré mis dedos por el rabillo de mis ojos y permanecí en silencio escuchando con atención.

―No, no tengo ninguna objeción, ni más faltaba. ― Quité esa idea de su cabeza de inmediato porque yo no era dueño de aquel lugar como para decidir quién entraba y quién no. Simplemente era un músico que, con un poco de influencias, lograba acceder a aquel lugar y usar los preciosos instrumentos que allí poseían. ―Sólo que no esperaba que entre alguien, me dijeron que estaría vacío toda la mañana. ― Sonreí un poco para ocultar mi nerviosismo y me decidí a apartar mis dedos de las teclas: no tenía caso volverlo a intentar en este momento.

Escuché su idea acerca del por qué los músicos interpretábamos y asentí dándole la razón… en parte. ―En nuestros inicios, sí.― Esperaba que mi repentino momento de confesión no hiciera que aquel caballero perdiera la pasión por la música. ―A nuestros inicios…― Miré por un momento el escenario, recordando mis primeros conciertos en búsqueda de las palabras apropiadas. ―… lo único que queremos es sentir que le gustamos a la audiencia. Que les agrada lo que tocamos. Escuchar su aplauso, ver sus sonrisas, sus lágrimas; sentir que hemos tocado algo en su interior, ¿me entiende? ― Siempre me emocionaba cuando explicaba nuestro motor de inspiración.

―Pero llega un punto en que por mucho pensar en ellos te olvidas de ti y tus prioridades comienzan a cambiar. Comienzas a componer cosas que te gustan a ti, que tocan tu corazón y que te hacen recordar momentos en los que fuiste feliz. ― Suspiré y me acomodé en el taburete. ―El éxito está en que a la gente le guste lo mismo que a tí. ― Con un encogimiento de hombros di por terminada la brevísima explicación.

―Y la melodía que escuchó no está terminada todavía. ― Miré mis pentagramas y chasqueé con la lengua en señal de desaprobación, quizá debía cambiar algunas notas. ―Disculpe por el fallo. ― A lo mejor no lo había notado pero, de todos modos, debía pedir disculpas para tener mi consciencia tranquila.
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Re: Crescendo

Mensaje por Litterae Renascentes el Dom Nov 25, 2012 4:45 pm

Una sonrisa aparece en el rostro masculino en tanto va avanzando, paso a paso, hacia el frente, donde él está sentado ante un ejemplar musical soberbio, tan parecido a aquél que en lo que una vez llamó hogar, se encuentra. Parpadea refrescando sus globos oculares, su mente viaja de nuevo al pasado donde no hay un hombre, si no una mujer quien ocupa ese asiento, sonriéndole, con el cabello rubio echado a un lado, en una trenza que Dante gustara deshacer en las noches de intimidad. Cada palabra vertida es un golpe y una daga en el corazón del exaltado. Asiente una vez entendiendo la profundidad de éstas y al mismo tiempo encontrándolas vacías.

Es un hombre que conoce la verdad en ellas, pero sufre al haber perdido la razón que daba a su alma el descanso que ahora no encuentra. - Alguien, una vez, me comentó esa necesidad no de halagar al público si no de llegar a las fibras más íntimas del alma y consolarla. Es la otra cara de la moneda. Yo sólo encuentro el instante en que la melodía se funde en mi memoria como importante. Fuera de eso, no hay nada. Distante de eso, no me interesa - sus pasos le llevan a la primera fila, su porte es imponente, grandioso. Se sabe gobernante de un lugar y se refleja en su apariencia, en su andar.

Sus ropas son otro indicativo: un traje negro de primera calidad, cortes hechos a su figura, su tamaño, su peso. Zapatos elaborados a mano, envolviendo los pies que se plantan en el piso como si fuera su propietario. Un grueso abrigo de lana oscuro y debajo, una camisa almidonada, con unas mancuernillas a juego. Y qué decir de la corbata de moño, tan cuidada por su hermana como por el hombre mismo que la luce. Regio, toma asiento frente al caballero y le observa con curiosidad. - A pesar de que no está terminada, encuentro su historia musical interesante y llena de los matices idóneos para recordar algunos aspectos de mi historia que soy más inclinado a mantener en el interior de mi ser que expresarlo en vacuas palabras. Su oda es la forma perfecta incluso sin terminar.

¿Le molestaría si permanezco aquí mientras usted perfecciona su arte? -
sonríe con leve muestra de malicia, como él le diga que no, entonces hará gala de su arma más poderosa: su propia voluntad. Se alzará como el Rey de Suecia y Noruega que es y en base a ello, le obligará a aceptarle. No quiere llegar a tales extremos, todo lo contrario. Preferiría que él no conozca su identidad, que sólo sea una conversación entre dos desconocidos. Él no preguntará su nombre, como espera, el otro tampoco haga. Privacidad, intimidad, pero sobre todo, anonimato.

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Re: Crescendo

Mensaje por Aleksandr Skriabin el Sáb Dic 01, 2012 6:46 pm

Era una extraña sensación la que había hecho aparición en mí ante las palabras del presente. No sabía cómo explicarlo, e incluso, estaba creyendo que quizá era paranoia mía, pero en este preciso momento me estaba sintiendo obligado a continuar tocando aquella sonata que, minutos atrás, había dejado un mal sabor en mi boca. Deseaba decirle que sí, que sí me molestaba que permaneciera allí pero muy dentro de mí sabía que eso no era cierto. Jamás me había incomodado que la gente me viera ensayar pero esto era totalmente diferente. Aquella partitura, no era sólo una partitura. Era más bien… un obstáculo, una piedra que yo mismo había puesto en mi camino y que quería y debía superar. Pero debía hacerlo solo y si fallaba de nuevo no quería testigos.

―P-por supuesto, caballero.― Balbuceé al comienzo pero no tardé mucho en recobrar la compostura. ―El conservatorio es un lugar libre y sobretodo para amantes de la música como usted.― Nuevamente sonreí, al igual que él, pero su sonrisa me provocó un poco de escalofrío. Lo analicé con la mirada, con absoluta sutileza para que no sospechara que estaba siendo escudriñado por mi persona. No encontré nada extraño más allá de su extrema elegancia y su porte imponente. ¿Quién era aquel caballero? Nunca lo había visto por estos lugares y, mucho menos, en el conservatorio. Noté sus orbes azules en los míos y supe que debía dejar de mirarlo.

―Me parece interesante que esta pieza en particular le traiga recuerdos de su historia. ― Regresé a mirar mis partituras y las alineé correctamente en el atril, el viento las había desordenado un poco. ―Está inspirada en un recuerdo bastante particular. ― Del que no pensaba hablar y esperaba no preguntase tampoco. ―El mundo es tan pequeño que quizá y tuvimos alguna experiencia de igual naturaleza. ― Lo cual dudaba bastante porque no creía que aquel caballero hubiera conocido a un psicoanalista en sus años de decadencia.

―Entonces, con su permiso. ― Incliné mi cabeza por educación y me volteé con el frente hacia el piano. Noté que la primera hoja de la partitura volvía a estar al tope, seguramente al acomodarlas había regresado todo lo que había avanzado. Aquel error implicaba que volvería a tocar la tercera hoja de la composición y, seguramente, volvería a fallar. Miré mis dedos algo tensos y, convencido de qué debía hacerlo, comencé de nuevo a entonar mi melodía.

Mis dedos acariciaron el teclado con agilidad y exactitud, me sorprendí la forma como acertaba a las notas correctas y en un tempo perfecto. La parte rápida no se hizo esperar y apareció ante mí como una barrera de concreto que debía atravesar. El escenario se transformó en una especie de pista de atletismo en la que yo corría cada vez más rápido. Mi gran amigo, Nietzche, era el único público en esa competencia inusual y aplaudía y reía de una formar que parecía demencial. Más sin embargo me hacía gracia, me miró a los ojos y lo saludé con un gentil movimiento de mi mano. Me indicó que la meta estaba cerca y cuando vi hacia el frente lo comprobé: estaba cerca. Los últimos metros los corrí con toda las fuerzas de mis piernas y cuando sentí aquel listón partirse con la presión de mi cintura supe que lo había conseguido.

Abrí mis ojos lentamente y me desconcerté un tanto al notar que seguía en el conservatorio. El hermoso telón rojo, el Érard, todo estaba allí. Pero… ¿qué había pasado? Acomodé mi cabello ligeramente y bajé la mirada hacia mi único público.

―Y… ¿cómo estuvo? ―
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Re: Crescendo

Mensaje por Litterae Renascentes el Jue Dic 06, 2012 9:48 pm

Sí, no le agrada al músico el tener expectadores. Para alguien como Dante, el observar las reacciones de las personas e interpretarlas correctamente es sencillo. Ha pulido la técnica durante el tiempo que ha ocupado el trono, así que espera quizá con maldad tener que usar su apellido para imponerse. Lo cual no entiende. Es el motivo lo que le llama la atención, lo que le da curiosidad. Desestima su idea de que ambos compartieron la misma historia de vida. No cree que un hombre tan joven pueda sentir o conocer el dolor de perder a la mujer amada y al hijo concebido por ambos. La garganta se le reseca y siente la necesidad de fumar. Alix seguro le censuraría de saberlo, le diría que un lugar como un conservatorio no es sitio para humo y malos olores. Aún a pesar de ello, Dante aprovecha la concentración del músico para sacar la cigarrera del bolsillo interno del traje. El cigarro liado a mano con tabaco turco es demasiado tentador. Lo recorre entre los dedos aspirando su aroma, permitiendo que la música penetre en sus sentidos rebobinando la cinta de su mente hasta llegar a aquél día en que la vio por primera vez. Su Alix. Su índice y pulgar aprietan el delicado pitillo y a tiempo lo libera lo suficiente para que pueda llevárselo a la boca aún sin que el fuego cree la perfecta condición para llenar sus pulmones de nicotina y relajar las ansias de que sus manos hagan algo más que sólo arreglar su abrigo de forma innecesaria.

Aprieta los labios, la música es perfecta, no hay falla, no existe la mala presión de alguna tecla que rompa el hechizo de una realidad alternativa donde el vikingo no se encuentra solo en ese salón. Sus labios se curvan en una sonrisa irónica al pensar que, de estar ahí Nicolás, su hijo, estaría seguro insistiendo en subir a la tarima y sentarse al lado del músico para mirarlo deslizar los dedos por las blancas teclas en pos de un aprendizaje cuasi imposible. Sonríe de nuevo, aunque con orgullo. Su hijo era un niño capaz de lograr todo lo que se proponía, así fuera que su madre le permitiera una última golosina antes de dormir. Sus dedos encienden el cigarro antes de que su mente capte lo que el inconsciente ha ordenado. El olor del tabaco consumiéndose le da la relajación suficiente para mantenerse en su lugar y seguir ¿Disfrutando? De la música otorgada de tan buen talante. Sus labios sueltan la nube grisácea, la mano izquierda pasa por su rostro y se pregunta si no debiera llamar a este hombre a su corte y permitirle seguir deleitándolo con su música. Puede ser que sea muy prematuro. No sabe nada de él para introducirlo en un lugar que es privado. No quiere después arrepentirse, ni mucho menos que el músico esté coqueteando con su hermana. El solo pensamiento le hace apretar las mandíbulas y tras otra calada, va relajándolas haciendo que sus orbes se posen en el pianista. De verdad que interpreta ese suceso en su existencia de una forma tan embriagante como una copa de vino. Quizá después de ésto llegue al hotel y consuma un vodka martini, su favorito. Tiene que darle su mérito al caballero, pocos logran que se adentre demasiado en sus pensamientos, que en un lugar público muestre que también él es un ser humano con defectos, pérdidas. Sus ojos se enfocan en la voluta de humo que emana de sus labios, la nicotina está haciendo su efecto relajando sus nervios, pero sabe que sus recuerdos jamás estarán demasiado lejos. Son como un león en acecho, dispuesto a saltarle encima y devorarlo como no se defienda. - Me ha parecido magnífico. No hay ningún pero que emitir. Quizá el hecho de que es una oda muy corta para algunas reflexiones, pero perfecta para la intensidad de las sensaciones - da otra calada y observa que el cigarrillo casi se termina.

Como si fuera el objeto más interesante de todos, Dante le dedica su atención. Es un esclavo de tan insignificante hierba rodeada por un fino papel turco. Sonríe con sarcasmo volteando a ver al músico - su pasión es más sana que la mía, espero no le moleste el humo. Y dígame ¿Es usted uno de los maestros de este conservatorio? ¿O sólo uno más de sus visitantes?

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