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Los Ojos de la Bestia [Ximena Bremont]

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Los Ojos de la Bestia [Ximena Bremont]

Mensaje por Ralph Granchester el Mar Ene 08, 2013 8:28 pm

Ten cuidado, las bestias también sangran.
Confianza absoluta. Cada paso que da denota esa primera impresión. No tiene la menor consideración con aquéllos que le observan, no repara en ellos ni un instante antes de pasar a su lado a menos que se le atraviesen en el camino, entonces la cabeza gira unos cuantos grados para observar al puberto que se siente capaz de detenerle y siempre por debajo del hombro. Una bravata, unos manoteos y es seguro que Ralph no pensará dos veces antes de soltar no uno, si no todos los golpes necesarios hasta dejar en el piso el rastro sanguinolento de lo que antes fue un rostro.

Impaciente es uno de sus más grandes defectos en unión al salvajismo que le caracteriza como Regis y Líder de la manada que guía por los rincones del mundo. No hay alguien que pueda detenerlo y lo peor no radica en ello, si no en el hecho de que no hay quien quiera hacerlo o logre acercársele lo suficiente. Los hermanos que van con él, uno que es de su misma edad y tres cachorros de 34 años (aunque no aparentan dicha longevidad) son los primeros en responder en caso de una rencilla. Ralph sólo entra si hay problemas o si está fastidiado o aburrido y necesita una distracción.

¿Bravucón? No, no llega a tanto. Porque no es su boca la que se mueve cuando algo le fastidia. Es sólo necesaria una mirada y todo está dicho a sus hermanos que no por nada le acompañan desde hace tanto tiempo como para no conocerle. Ahora mismo sus pasos le guían por las desoladas calles, en medio del frío que para él sólo es una pequeña brisa que le agita los cabellos en tanto en su mano derecha mantiene una manzana grande y roja a la cual le da una mordida cada cierto tiempo. Ya va por la mitad, pero el zumo que resbala por la comisura de los labios se ennegrece por el polvo que su rostro permanece tras el último enfrentamiento con los Oficiantes.

Y todo porque éstos creyeron que era fácil maltratar a un garou. No supieron lo que les pasó hasta que golpearon por tercera vez la cabeza contra el pavimento. Ralph no mostró la menor consideración y su manada lo imitó. Las muelas trituran la pulpa de la fruta en tanto él pasa el dorso de su mano por los labios y luego, sin la menor consideración, su lengua lame el resto del zumo con placer. Está deliciosa: dulce en su punto, dura y olorosa. Como los senos de una mujer, aunque sólo le faltan los pezones para que sea perfecta. Quizá por eso se considera obsesionado con las manzanas. Mientras más rojas, mejor.

Su vista se desvía de la fruta a uno de sus hermanos que señala a lo lejos una taberna. Alza una ceja inquisitivo entre la duda de acompañarlos o seguir degustando de la soledad. Al final, permite que la manada vaya a relajarse en tanto él se recuesta en el pasto de un jardín, recargando la espalda contra el enorme tronco de un árbol. Sólo interrumpe el silencio los sonidos propios de la manzana al ser mordida, ese "crack" que asemeja la rotura de un hueso, pero en mucho menor proporción. El último bocado y mira con interés el corazón de la fruta, sonríe y la avienta a sus espaldas, sin preocuparse por si cae al suelo, al pasto o sobre alguna persona.
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