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Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

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Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

Mensaje por Juliet Benavente-Borgia el Vie Oct 05, 2012 8:28 pm

No puedo equivocarme jamás... pero contigo...
Siempre suspiro resignada al saber que cometeré el mismo error.
Cuantas veces sea necesario.

El cielo empezó a tornarse más claro conforme la luna iba siendo desplazada por el astro sol, los golpes de las patas del caballo en el piso levantaban un polvo tenue. La joven amazona se sostenía con una voluntad férrea a las riendas de la bestia, no estaba en su mente el caer o bien, perder el equilibrio. Mucho menos cuando estaba tan cerca de llegar a su destino. El cuerpo estaba agarrotado por la fuerza con que se mantenía en su lugar y desde hacía algunas millas exigía un reposo que aún no podía otorgarle. Los ojos azules observaron a su alrededor con inquietud. Si bien era cierto que estaba cada vez más cerca de la Mansión Ancestral de los Lombardi, eso no significaba que los sobrenaturales se alejaran de esos lugares por miedo a que la familia más famosa de cazadores les persiguiera. Todo lo contrario, Juliet hacía poco hubo de encararse a un garou y por poco perdió la batalla, pero una jugarreta que el lupino no esperaba le hizo cambiar la balanza y vencerlo.

Aunque no se fue limpia. Tenía dos mordidas en el muslo derecho que, aunque ocultas por el vestido que había cambiado para deshacerse de sus prendas manchadas de sangre y polvo, no dejaban de causarle escozor. La saliva del licántropo no era mortal para los cambiaformas, pero cómo dolía. Y aún así el relincho del caballo la sacó de sus cavilaciones. El camino se hacía menos lleno de árboles y se notaba cómo empezaban los dominios de los Lombardi en cuanto el olor a las vides llegó a su nariz. Detuvo durante unos instantes al corcel que inquieto, golpeó el piso con las patas delanteras en tanto Juliet se concentraba en mirar a su alrededor en tanto el bronco animal daba una vuelta sobre su eje. El relincho del caballo hizo que un poco de vaho fuera expulsado de la boca haciendo notar la temperatura en la que estaban. La Cambiaformas le golpeó el cuello con palmadas sonoras, pero tranquilizantes.

Sus ojos se perfilaron por el verde que alcanzaba a vislumbrar pese a la poca iluminación. Sus dones de cambiaformas le permitían darse ese lujo y mucho más. Se tronó el cuello moviendo la cabeza hacia la izquierda y luego a la derecha bostezando y tallándose los ojos. Eran pasadas las tres de la mañana y aunque la negrura se disipaba muy lento, el córcel que había elegido para este viaje ya sabía hacia dónde ir. Además, era valiente. En cuanto el licántropo les había salido al paso, el animal se había alzado para golpearlo sin dudar justo el tiempo necesario para que Juliet le atacara. Por eso es que era su consentido, a quien le llevaba todo tipo de golosinas, desde enormes zanahorias hasta manzanas jugosas. Era el único que no se amedrentaba con la presencia de la Cambiaformas por lo que ella le había tomado cariño.

Un golpe en los flancos y el animal volvió a la carrera haciendo que el viento agitara el de por sí ya desordenado peinado de la mujer. Aún así, ésta no lo tomó en cuenta. Lo importante era llegar a dar el mensaje que a su padre le urgía, aunque ya estaba sospechando qué tipo de premura tenía. Lombardi era el único inquisidor que se le oponía de forma terminante. No había manera de que Alejandro II le convenciera de pertenecer a la nueva organización que hacía del Santo Oficio. Juliet sabía por qué, su padre quería tenerlo cerca para controlarlo. Lombardi no se le acercaría por el mismo hecho. Aunque era divertido verlos a ambos, sobre todo los berrinches de su padre al saber que el Lombardi había regresado por enésima vez a su mensajero sin siquiera recibirlo. Y sin embargo, esta vez golpeaba fuerte. Lo hacía con su propia hija y Juliet conocía perfectamente la estrategia. Si la obedecía era porque ansiaba conocer Florencia y más en la vendimia. Desconocía bien qué era lo que entusiasmaba a las personas que regresaban a Roma en estas épocas, pero estaba dispuesta a descubrirlo.

Y ante ella, por fin estuvo el marco que anunciaba su ingreso a la gran finca de los Lombardi, una que estaba rebosante del aroma fino de las uvas. Uno que le hacía agua la boca pues se declaraba fan de este fruto por sobre los demás. Aún así avanzó con premura hacia la puerta principal, el córcel negro atravesó el recinto y relinchó al hacer una entrada triunfal que no obstante, remató alzándose en sus cuartos traseros de nueva cuenta, obligando a Juliet a demostrar cuán buena amazona era, sosteniéndose sin esfuerzo, pero cuidando de que las dos bolsas que contenían su ropa no cayeran al piso. Cuando el animal estuvo de nuevo con cuatro patas firmes en el suelo, un mozo se acercó de inmediato para tomar las riendas de la bestia que relinchaba con ahínco, instando al hombre a tener más cuidado.

Juliet desmontó y se presentó sin dudarlo, acostumbrada a hacer su voluntad no estuvo contenta hasta que el mozo prometió llevar al caballo a las cuadras y darle la bolsa de manzanas que la propia Cambiaformas le entregaba en ese momento. Otro sirviente llegó a ayudarle con las dos bolsas mientras que un tercero le indicaba de entrar a la enorme y fastuosa hacienda. La joven se detuvo en el dintel de la puerta observando a su alrededor, sintiendo un hueco en el estómago al pensar que ésta era la casa de Lorenzo. El hombre de quien ella estuviera enamorada desde hacía mucho tiempo. Su lengua rosada pasó por sus labios en pos de un alivio producido por la resequedad del camino.

- Lamento la llegada abrupta, pero tengo que hablar con el signore Lombardi, traigo un mensaje para él y tengo órdenes de no retirarme hasta que él no me reciba, por lo que le recomiendo que me permitan entregarle el mensaje. Si no, me veré en la penosa necesidad de encontrar la fórmula para verlo y créanme cuando les digo que será más sencillo para todos que lo vea de una vez - observó con frialdad al mozo que asintió. Aunque las noticias que le dio a Juliet le provocaron la formación de una mueca de descontento. Lorenzo estaba fuera de casa. En una cacería de un licántropo. Quién sabe a qué horas o qué día volvería. Aún así, las costumbres de los Lombardi le aseguraban a Juliet un techo seguro. Eran incapaces de echar a una mujer, por lo que siempre le proporcionaban alojamiento. Seguro que por eso Alejandro II la había mandado a sabiendas de que tarde que temprano vería al Inquisidor.

Avanzó al interior del inmueble, hacia la sala donde fue conducida por el hombre y ante ella se presentó de igual forma una señora de unos 30-35 años, quien se ostentó como la ama de llaves. Juliet asintió solemne y se fue desprendiendo de los guantes, aunque al notar una vena violácea producto de la plata que su cuerpo aún tenía en su interior tras la pelea, decidió mejor mantenerlos en su lugar. Tendría que tomar pronto el antídoto y luego de ello, reposar por tres horas para asegurarse de que su cuerpo lo había asimilado adecuadamente. Qué complicado era ser una sobrenatural metida justo en la boca del lobo, por así decirlo. Con que alguno de estos personajes que por más sirvientes que fueran, seguían siendo parte de la familia Lombardi, le aseguraría la cacería en su contra de inmediato estuviera o no Lorenzo.

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Re: Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

Mensaje por Lorenzo Lombardi el Dom Dic 02, 2012 7:55 am

La noche comenzaba a clarear, dando paso al alba, el más grato momento del día para el hombre que se libra no con poca dificultad del cuerpo que cae sobre él. Peso muerto, y como no si ese es su estado, tras haberle atravesado sin piedad con una daga de plata ungida en un brebaje que acelere el actuar del metal en los licántropos. El cuerpo inerte del sobrenatural rueda a un costado al tiempo que el causante ríe con sorna, al ver completo su trabajo. El pelaje caoba de la criatura cubierto de lodo y sangre, es una muestra de lo cruenta que fue la noche, donde la luna es mudo testigo de su transformación y de las presas de aquel ser maldecido. Por su parte, lar ropas del cazador se encuentran rasgadas e igualmente manchadas, pero a él no le importa, su trabajo, o más bien su misión es librar la tierra de todos aquellos malditos, hijos del mismo demonio que ahora rondan la tierra con total libertad.

La risa de satisfacción tras saberse ganador surca el silencio de la noche, se enlaza con los sonidos del bosque. El sabor de la victoria, el placer de un triunfo bien ganado.

Una larga bocanada de aire y se incorpora para ver a su presa, si su presa, pues el cazador le fichase hace ya un mes, tiempo en que siguiese sus pasos y marcase el patrón de conducta del licántropo. El deleite de ver cumplido un objetivo, pero aquel trabajo no estará completo hasta que consagre aquel sacrilegio contra la naturaleza humana, con las palabras sacramentales. Matar a nombre de dios tiene su ritualidad, bien sabe aquello Lorenzo Lombardi, un hombre de fe. Busca calmadamente entre sus ropajes en busca del libro santo, saca la biblia y el oleo sacramental, surca el aire con la señal de la santa cruz rezando lo que sería el responso fúnebre de aquel ser que se descarriase del ganado de Dios.

- IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI - pronuncio finalmente con voz ceremoniosa, con sus cabellos humedecidos rozando su rostro, y la herida de su mejilla sangrando, de gravedad, pero que deberá atender en cuanto regrese a su residencia. Se santifica y acerca por última vez al cuerpo de su presa, impregnándolo con agua bendita.

Finalmente su trabajo está completo, puede estar tranquilo con dios y consigo mismo. Aquel es Lorenzo Lombardi, uno de los hombres cuyo respeto se ha ganado no solo en las batallas, sino en la convicción que enfrenta a los sobrenaturales. No encuentra en la cacería un placer, sino un deber, un rito sacro de purificación de las almas. Una suave brisa revuelve el aroma a muerte y el sabor de triunfo antes que él voltee en dirección a su caballo, es tiempo de regresar a casa, con presteza e hidalguía monta para cabalgar en el silencio de la noche que antecede al amanecer, su momento preferido del día. Si apura el trote y con un poco de suerte estaría en la residencia Lombardi a tiempo para ver sus viñedos cubrirse de oro con la luz del nuevo día, para luego ir por ropajes limpios y preparar lo que anuncia será una gran vendimia.

Lo cierto es que su apariencia es del todo menos presentable, sus pantalones rasgados, su camisa enlodada en una suerte de barro con sangre, su rostro cubierto de sudor y rastros de tierra. Su melena habitualmente en una coleta, ahora alborotada, demostrando el esfuerzo de la lucha. Pero el cansancio no se siente, pues al gratificación es mayor.

Así entre los primero rayos del amanecer vislumbra su residencia, en pocos minutos desmonta en las caballerizas, donde le llama la atención ver un segundo corcel, uno que desconoce, quizá será el del nuevo capaz, aquel que se encargara de las viñas de la ladera norte. Mira al animal unos segundos y niega, si acaso espera ser atendido a esas horas, tendrá que esperar a que el día avance un poco más.

Con paso firme y mirada perdida se dirige a la puerta trasera, aquella le conducirá directo a la logia, donde podrá desprenderse de sus armas para que sean debidamente limpiadas y revisadas. Es su casa, aquella en la que se desenvuelve con holgura, es amo y señor de sus tierras, uno de los productores de vino más importantes de Italia y del mismo modo aquel al que más se respeta por su nobleza. Camina en dirección a las escaleras, dispuesto a subir a su habitación, cuando su ama de llaves le comienza seguir, con ademanes algo nerviosos intenta decirle algo, pero el parece no escuchar. Se limita a desprenderse de las prendas ensangrentadas, la camisa puntualmente que deja caer a un costado, no, no escucha ala mujer, se encuentra encimismado en librarse de la peste - Quemen la ropa.- ordeno antes de desprenderse de los pantalones, su ripa de cacería, siempre es rigurosamente enviada al fuego, y así borrar parte del rastro. Se disponía liberarse del pantalón cuando la mujer del servicio dejo entender que alguien le esperaba - Justina, me daré un baño antes de atender cualquier...- no termino la frase pues un débil carraspeo le detuvo, o más bien le advirtió que ya le esperaban en el salón.

Alzo la vosta en busca del origen de aquel gesto tan femenino, la razón por la cual su fiel sirvienta intentase detenerle. Todos conocen la rutina del cazador tras una noche persiguiendo a sobrenaturales, más si esta ha sido tan fructífera, desprenderse de las prendas que se impregnasen del hedor de las bestias que fuesen su objetivo, esa siempre es la prioridad. Le busco con presteza entre las sombras, con su ceja derecha arqueada y el ceño fruncido. Allí a contra luz, una figura femenina cuyas facciones le son difícil de reconocer, agudizo aun más sus sentidos en busca en algún gesto o detalle que la delatase, y lo encontró, en el dedo anular de ella un anillo, uno que solo viese en una persona antes, un varón al cual se le conoce como Su Santidad. Arruga la nariz en un gesto de incomodidad, una jugada baja por parte del hombre a quien lleva meses evitando

- ¿Signorina Benavente-Borgia? - deduce debe tratarse de ella, de la hija de su Santidad Alejandro II, uno a quien evitase cuanto fuese posible, evasivas que hasta ahora le resultaron efectivas... Eso hasta que cayese en la bajeza de enviar a su primogénita de visita, la única arista que se le escapase, ya había ordenado le negase su presencia a cualquiera que dijese ir en nombre del Santo Papa e incuso de quien dijese ir en representación de la iglesia, pero su hija, eso escapaba de sus expectativas. Se la imaginaba lejos, en Rumania de cacería.

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Re: Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

Mensaje por Juliet Benavente-Borgia el Dom Dic 02, 2012 11:18 am

El Paraíso no es un lugar en el cielo,
está en la tierra, en compañía de la persona que quieres.

En un instante todo sucedió, estaba hablando con la ama de llaves respecto a su necesidad de entrevistarse con el signore Lombardi y al siguiente escuchaba el relincho de otro caballo, la voz fuerte y varonil del señor de la casa que hizo saltar su corazón. Hacía muchos años de no verlo, seguro él no la reconocería porque jamás él había posado su vista en ella como humana. Las ocasiones en que Lorenzo se entrevistaba con su padre, ella estaba mirándolos desde el alféizar de la ventana en su forma gatuna. Un gato blanco espléndido al que de vez en cuando Lombardi le gustaba ir y, cuando Moisés no estaba, colocarla sobre su regazo y acariciarla. Juliet formó una pequeña sonrisa al pensar en ello, sobre todo la primera vez que lo viera, un momento en que su padre no fue "adecuadamente" tratado por el Oficiante.

Era una tarde de noviembre, hacía un frío endemoniado y ella había tornado a su forma gatuna para calentarse ante la chimenea, acomodándose sobre un cojín que había dejado en el suelo a pesar de las protestas de su padre por algunos pelos que dejaba en ellos. Algo que a Juliet le tenía sin cuidado. Dormía apaciblemente cuando sintió que le acariciaban la cabeza. De inmediato volteó a ver al que provocaba un cosquilleo delicioso en su cuerpo y su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con unos impresionantes y amables ojos azules, un rostro muy masculino aunado a una sonrisa que la desarmó. La gata era reconocida por ser demasiado arisca, bufaba a cada persona que se atrevía a tocarla, pero Lorenzo no sólo logró que sus dedos continuaran acariciándola, si no que hasta la tomó en brazos para ir a sentarse y acomodarla sobre sus piernas mientras seguía mimándola. Decía que le relajaba y la shifter aceptó sus atenciones sin provocar ningún exabrupto, más aquél de levantarse de con el Oficiante y ir al alféizar en el instante que escuchó los inconfundibles pasos del Sumo Sacerdote. Él había dicho algo como que entendía que no deseara que el Papa conociera de su otra cara y había disimulado.

Ese día, ella terminó confundida. Le gustaba el roce del humano, pero más ver sus ojos, escuchar su voz mientras él le hablaba en ocasiones de Florencia, de la vendimia, de cómo extrañaba su terruño. Tantas veces fue así, que Juliet se encontró ansiando conocerla aunque sus propias ocupaciones le impedían ir por esas fechas. La última "conversación" entre su padre y Lorenzo provocó una ruptura entre ambos y la consiguiente partida del Oficiante de Roma. Eso hizo que la shifter se quedara acongojada y triste sin saber por qué. Días después, con un comentario muy inocente de su padre entendió la verdad: se había enamorado del cazador por sus formas amables, su sonrisa, esos ojos conquistadores y el porte tan viril que tenía. Estúpidamente había caído entre sus brazos y le entregó su corazón. ¿Qué iba a hacer? Nada. No tenía la menor oportunidad con él.

Y ahora, ante su sorpresa, el propio Oficiante caminaba en pos de las escaleras deshaciéndose de la camisa, dejándola caer al piso denotando un físico impresionante, con algunas cicatrices viejas y heridas nuevas que provocaron hormigueos en las manos queriéndolas sanar por ella misma. Carraspeó incómoda por la situación, no por tenerlo a él desnudándose, con las masculinas manos ya puestas en la cintura del pantalón, echando abajo el cinturón y yendo hacia la pretina para desabrochar el botón, si no por las heridas que lucía. No supo por qué, pero le dolió verlo así. Era ilógico, Lorenzo era un Oficiante desde antes que ella lo conociera, pero saber que algún sobrenatural había puesto sus garras y puños sobre él, le hacía sentir un odio intenso hacia él. Por el tipo de heridas, de seguro que el garou estaba muerto, pero eso no aliviaba ni un poco su estómago que tenía ya revuelto.

Lorenzo posó sus ojos en ella y a pesar de la noche, él no pudo vislumbrarla correctamente, lo cual era lógico. No tenía los sentidos tan agudizados de un shifter por lo que no veía lo que ella en él sí. Dio dos pasos al frente con la franca intención de ir a ayudarle a limpiar sus heridas, a curarlo, pero no le pasó desapercibido el gesto de ¿Fastidio? ¿Incomodidad? Al escuchar su voz denotando su reconocimiento, bajó un poco la cabeza y mentalmente se sermoneó por estar actuando tan penosamente, era Juliet, la Guardiana del Bastión Sacro, debía comportarse como tal. Al menos tenía que disimular lo mal que le había sentado su rechazo, por lo que levantó la barba. Aspiró aire y se llenó de fuerza para hacer lo que quería hacer... Dio varios pasos al frente y negó.

- Sí, pero el motivo de mi presencia no tiene importancia en vista de su condición física. Le voy a atender médicamente y no acepto un "no" por respuesta, signore Lombardi. Será usted el señor de la casa, pero pronto sabrá por qué soy la hija de mi padre - llegó hasta su altura y su mano se alargó para separar unos rizos de su rostro mirando su herida, estaba molesta con ese garou, vaya que sí - le pido de favor que me deje atenderlo, después de ello, podré esperar todo el tiempo que considere prudente para decirle el por qué de mi presencia, pero primero como usted dijo, un baño en tanto la signora Justina me indica dónde están los utensilios para curaciones y la medicina. Tenemos que asegurarnos de que no haya ninguna herida de consideración y no me diga que conoce su estado físico. Alguna vez el Oficiante Montero, de quien usted debió escuchar maravillas, llegó a casa de mi padre diciendo lo mismo y al poco tuvimos que correr a por el médico. Él no lo sabía, pero le habían herido con veneno de lento actuar, así que seamos coherentes. Por favor, permítame hacerlo...

Eso no tenía que ver con el hecho de que deseaba estar segura de que estaba perfectamente bien. Bah, ¿A quién mentía? Claro que era por ello.

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Re: Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

Mensaje por Lorenzo Lombardi el Dom Ene 06, 2013 7:55 am

Frunció el ceño molesto consigo mismo al sentir el reciente escozor en su pierna, la tirantez de la carne desgarrada y esa cálida humedad de la sangre que emana de un corte no atendido. Sabe, a pesar de la penumbra de aquella habitación, que su pantalón se encuentra empapado de aquel líquido carmín que hubiese teñido la tela si ésta no fuese negra como la noche. Al oficiante no le incordiaba el dolor, aquello es algo que conoce bien y con lo cual acostumbra lidiar. No, esta vez le incomoda la ausencia de éste, ese hormigueo que recorre el impuro borde profanado por el garou. Sabe por la experiencia que dan los años combatiendo sobrenaturales que aquello no va bien, que sin importar las atenciones su pierna sufrirá un daño irreversible.

Y aunque Lombardi no es un hombre orgulloso o arrogante, a quien mostrar debilidad lo haga sentir inferior, en ese momento se sentía contrariado. Luchaba consigo mismo para no mostrar evidencias de su lesión, a fin de cuentas el pantalón cubría toda huella de sangre, incluso el mismo lodo mezclado con el hedor de la bestia oculta el real estado del cazador, pero cuando la ausencia de dolor pasa a ser la carencia de toda sensación, e incluso que el miembro afectado no responda a la voluntad del hombre, es imposible negar lo que ocurre. No se puede disimular ante la emisaria que su Santidad a enviado para persuadirlo, ante toda determinación de Lorenzo, se ve obligado a usar el barandal como apoyo.

Un hombre de carácter, un caballero ante todo, así le definen en todos los círculos en que se desenvuelve, incluso entre los sobrenaturales que han tenido la fortuna que él les perdonase la vida. Pocas personas le han visto enojado, fuera de aquella cordialidad, sólo Moisés Benavente-Borgia, aquél que ostentase el título de Santo y actuase sólo en su propio beneficio. Ahora, para infortunio de la hija de Benavente-Borgia, Lorenzo Lombardi está lejos de ser el hombre cordial de siempre y se acerca más al descortés oficiante que enfrenta al poco prolijo Papa.

Se siente invadido en la intimidad de su hogar, profanado en un momento privado de recogimiento tras una ardua cacería, en que esa jovencita se cree con el derecho de disponer e incluso contradecir las indicaciones que él, como dueño de aquel lugar diese. La residencia Lombardi siempre ha mantenido sus puertas abiertas a los cazadores y visitantes de Florencia, en especial si éstas son mujeres, bien se sabe que entre los oficiantes y cazadores aún existe recelo cuando se trata de inculcar a damas el arte de las armas... Pero en ese momento poco le importa el sexo de ella o los modales de la misma, la ve como una invasora.

- Señorita Benavente-Borgia - la llamó con voz autoritaria antes de apartar la mano de ella de su rostro, deteniendo en el aire un intento de caricia que en otro momento hubiese aceptado de mejor talante, pero que ahora le descompone el humor - me temo está siendo impertinente.

Le reprendió con dureza, más de la que hubiese deseado usar en su voz, lo vio en su ojos, en aquel pequeño paso que ella retrocedió. Cerró los ojos con fuerza y pesar, descubriéndose a sí mismo en aquel actuar impropio, ese arrebato de mal humor. En un intento por despejar su mente pasó una de sus manos por el rostro. Aquel enfado es sólo un síntoma más del veneno, que se lleva su lucidez y que de no ser detenido a la brevedad, podría contaminarlo hasta convertirlo en uno de ellos.

Aquella idea surcó su mente y una amarga risa emanó de sus labios, irónico destino aquél que lo convertiría en la misma criatura que diese muerte a su esposa.

- Puede quedarse - accedió finalmente regresando a su labor de subir las escaleras - De mis heridas me ocuparé personalmente - afirmó subiendo dos peldaños con evidente dificultad - Haga lo que guste, la casa está a su disposición.

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Re: Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

Mensaje por Juliet Benavente-Borgia el Dom Ene 06, 2013 10:32 am

Golpes en mi coraza,
sólo me fortalecen y me incitan
a hacer mi regalada gana.

La situación era difícil. Él parecía más bien un león enjaulado, algo que distaba por completo de la personalidad que los demás decían que tenía, pero sobre todo, que ella había visto cuando la depositaba en su regazo y la acariciaba cual minina. Sus movimientos eran tensos y agresivos de cierta forma, hosco era la palabra que lo definía. ¿Por qué? Sus ojos se entornaron al verlo tomar el barandal, sosteniéndose e intentando de cierta forma no apoyar una de las piernas. "Tiene un corte profundo" meditó en silencio, aunque se sintió herida en el instante que él detuvo su mano sin permitirle acceder a su piel. Dio un paso atrás sin saber bien cómo reaccionar. La había tachado de impertinente, algo que muchos le habían dicho, pero jamás le había lastimado como ahora. Bajó la mirada haciendo a un lado el rostro, para que él no supiera cuánto le había dolido ese proceder. Aspira profundo y traga saliva mirando sus manos entrelazadas.

Su risa la obligó a alzar la mirada. Había algo intrigante en el señor de la casa. De pronto, una idea surcó su mente. ¿Y si? Los síntomas eran muy parecidos: una conducta diferente a la ordinaria, cambios de humor, alejamiento. Tenía que hacer algo al respecto e irse no era la solución. No cuando ella lo quería tanto. Sus ojos se mantuvieron bajos, pero notó a la perfección la dificultad de sus pasos. Le permitió irse sin detenerlo. Le hizo creer que no se entrometería. ¿Quería a una impertinente? Alzó la barbilla cuando él desapareció. La tendría. Su mirada se encontró con la de Justina por largos instantes, la mujer la veía sin saber bien cómo actuaría.

- Justina, ya que el señor Lombardi ha dispuesto que la casa está a mi disposición, requiero de su ayuda. Antes de quemar la ropa del signore, me la traerá absolutamente toda - ella misma regresó por los pasos de Lorenzo para tomar la chaqueta y revisarla a contraluz de la ventana, haciéndole notar qué buscaba: rasgaduras. Las primeras dos eran de lo que, suponía, fue una caída. Otra un pequeño rasguño, pero para saber qué tan profunda era, necesitaría la camisa. De reojo, vio cómo la mujer comprendía su intención y de inmediato le llevaba la prenda que había cubierto el tórax de su señor. Juliet se dedicó a revisarla por igual y la descartó pronto. Aparte del lodo y algo de sangre, no había nada que la hiciera pensar que él tenía más heridas de consideración - Dos rasguños, uno en el serrato anterior derecho, otro en el oblicuo mayor izquierdo. Traiga Justina una cesta para poner la ropa y pueda llevarla a quemar cuando la haya terminado de revisar e indíqueme por favor en qué recámara me quedaré para llevar mis cosas y ponerme algo cómodo para atender al señor - su voz era muy relajada y amable, lo contrario a como era en realidad, pero por ser la casa de Lorenzo, era que se conducía así.

La mujer desapareció después de mostrarle a Juliet la recámara que utilizaría. Era muy impersonal y sencilla: una cama, un pequeño ropero, un escritorio, pero lo agradeció y mucho más cuando vio el enorme ventanal cubierto ahora por unas cortinas. Seguro cuando saliera el sol, tendría una vista envidiable. Aprovechó el tiempo para cambiar sus ropas, colocándose otras donde su propia sangre producto de su personal cacería no fuera tan obvia. Utilizó las pocas vendas limpias que le quedaban para cubrir las dos heridas de consideración: en el brazo derecho por haberse cortado con unas piedras filosas al caer tras un golpe brutal y la de la cintura, que cuidó con mayor mimo porque era más profunda y no era si no producto de su último enfrentamiento con su padre: una daga de plata bien introducida para obligarla a hacer su real voluntad y había dejado la mancha de sangre en el vestido que se había quitado. Esa herida era la que más la preocupaba. Aún los efectos de la plata se veían en su cuerpo aunque tenía los paliativos necesarios para que ningún ojo experto como el de Lorenzo notara su real condición.

Se tomó el contenido del frasquito y gimió durante unos instantes cerrando los ojos con fuerza, sentía cómo las gotas de sudor perlaban su frente por el ardor en todo el cuerpo. La plata ya estaba diseminada por su organismo, en su sangre. En esos instantes odiaba a su padre. La cura de inmediato hizo su efecto desapareciendo todo rastro de la intoxicación en su piel. No duraría más de 3 horas, pero era suficiente para atender a Lorenzo y que no notara su real condición. Se lamió los labios y limpió su sudor. Tragó saliva y se alisó el vestido mirando sus manos descubiertas de guantes, anillos y demás joyas. Las uñas estaban pintadas de un color rojo sangre, largas y bien cuidadas, hacían lucir sus dedos. Se movió al escuchar que tocaban su puerta, fue a abrir y se encontró a Justina quien traía el resto de la ropa del señor.

- Grazie, Justina. Ahora vea... - se quedó en silencio al sentir la tela de los pantalones empapada, miró la palma de la mano cubierta de lodo y sangre. Rojísima sangre. De inmediato sacó una daga de su equipaje y rompió la tela para poderla extender y ver el daño. Era un enorme garrazo el que se apreciaba a contraluz en el muslo del Oficiante - Justina, vaya rápido a por los paliativos, el signore Lombardi tiene que ser atendido de inmediato o la maldición del garou puede hacerle un daño impresionante - echó la prenda a la cesta, corrió a lavarse bien las manos y tomar un saquito con la medicina más avanzada en el Santo Oficio en tanto llegaba la dama. La utilizaba en casos de suma urgencia y éste era uno de ellos. Caminó con prontitud siguiendo a la dama que de seguro se metería en un gran lío, pero sería mucho peor que Lorenzo, el heredero de la gran tradición Lombardi se convirtiera en un garou. Llegó a lo que parecía ser la recámara del señor de la casa y entró tras que la dama le mirara con miedo. Seguro que nadie desobedecía al Oficiante, pero no era momento de tener temor. Entró con rapidez al girar la perilla y miró alrededor dándose cuenta de que él no estaba. Volteó a mirar a Justina quien parecía igual de extrañada.

- Quizá en el sótano, pero está prohibido interrumpirle ahí, podría indicarle dónde es, pero no me atreveré a hacerlo enojar más de lo que estará - la shifter sólo asintió divertida, era una impertinente según las palabras del caballero, así que su plan era serlo mucho más. Atenderle y en caso de que él estuviera por completo enojado, entonces abandonar de inmediato, cual díscola gata, la casa. Se encaminó al lugar y al llegar, no dudó en ingresar. Él estaba dentro, intentando, como suponía, detener la hemorragia, atender su propia herida. Una tontería completa porque no estaba haciendo la presión justa, mucho menos tenía la cabeza despejada. Aunque ella misma tenía una gran distracción: los músculos del Oficiante vistos muy cerca de sí. Frunció los labios y se dedicó a hacer lo que necesitaba: se acercó en silencio y detuvo una mano del Oficiante que estaba haciendo presión. La herida era profunda y ella misma dejó a un lado los paliativos y empezó a revisarla con rapidez y serenidad. Le miró a los ojos y alzó una ceja.

- Dígame cuán impertinente soy, no importa. Dígamelo cuando esté ya atendido, esta herida es profunda, debería sentarlo en mi regazo y darle un par de azotes por ser tan terco, pero entiendo que no es usted, es el efecto del veneno - hizo la presión fuerte, sin miramientos, para asentir al ver el rastro de sangre que manaba en unión a unas pequeñas gotas transparentes. Eso le preocupaba. Tomó las vendas limpias, las introdujo en agua y fue limpiando, lento y con la precaución requerida. Su olor a madreselva, nata y menta estaba a flote, la ayudaba a olvidarse del olor del garou que estaba impregnado en él, algo que la hacía renegar y gruñir. Aspiró aire profundo cuando la herida dejó de oler de esa forma tan característica de los perros. - Maldito, sabía cómo y dónde atacar. Ojalá lo tuviera ante mí, ya veríamos quién rasguña más - rechinó los dientes y asintió al ver que estaba ya listo para la medicina. Tomó una caja y de ella sacó un objeto tipo relicario que contenía un ungüento extraño, que olía a menta curiosamente. Fue a lavarse las manos y las llenó de alcohol para agitarlas esperando que éste se evaporara.

Volvió a él y le miró a los ojos, le sonrió levemente para bajar de nuevo la cabeza, untar sus dedos de la sustancia y empezarla a colocar. Le ardería, pero seguro que no se quejaría, no haría más que apretar los dientes o quizá fuera un hombre hecho y derecho a quien no le molestara demostrar su dolor, sabiendo que ello no le haría débil. Esos caballeros no existían en el mundo, sólo había un puñado de éstos. Se lamió los labios untando más y asintiendo al ver que despedía un hedor nauseabundo, la esencia del garou siendo exterminada.

Juliet Benavente-Borgia
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Re: Decían que sólo el hombre tropezaba con la misma piedra [Lorenzo Lombardi]

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