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Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

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Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Dom Oct 14, 2012 12:07 pm

Sus ojos vagan desde el tercer palco del Teatro alrededor de toda la estructura, distinguiendo entre los colores brillantes del alfombrado en rojo terciopelo, así como los terminados en oro. Allá en lo alto el zar tras el velo que siempre le separa del mundo habitual del propio, descansa apoyando ambas manos en los respaldos de su asiento mientras su acompañante; una mujer delgada pero de notoria edad más avanzada que la de él explica los detalles del salón, como si fuese su instructora de arte en Londres.

-Su Alteza Real, éste lugar fue creado en 1871, por el Príncipe Alberto…fue puesto en marcha para la apreciación de las artes y la ciencias también ¿No le parece atractivo?, Inglaterra nos permite presenciar cosas realmente hermosas, pero por supuesto su alteza que Rusia es el enigma de todas las culturas que he conocido esto…-

Ella continuaba hablando con esa voz delicadamente fina para oídos de cualquier hombre, un tono dulce, engatusador, era una digna maestra de las artes con la que le había acompañado para poder apreciar el espectáculo en voz de una mujer cuyo nombre nos era indiferente, la dama seguía con la charla entre suspiros que parecían terminar con su voz quebrada cuando no encontraba la manera de atraer mi atención. Mientras Alexander continuaba observando cada detalle del salón, por fuera lucia como un palacio en forma de nido y por dentro sus salones eran tan espectaculares como los teatros en Rusia.

-Oh su Alteza Real, hoy me he informado de que la joven que estará como soprano mayor en la puesta en escena será una rusa…- los ojos del Zar volvieron expectantes hasta los suyos -¿Rusa?...- dijo entre dientes casi siseando logrando que su tono de voz fuese tan ambiguo y difícil de reconocer si se me fuese visto en público gracias a las precauciones tomadas, pues pocos eran los que conocían su rostro, pues era catalogado como un monarca tan aversivo a sus allegados y poco creyente en ellos –Si su majestad imperial, rusa y tengo entendido que su voz es elogiada por grandes personalidades del teatro y la música, pero al parecer ese descubrimiento ha sido muy reciente, no se trata de una mujer que lleve experiencia en el canto…- culminó cuando las luces del salón Royal Albert Hall se apagaron por completo para dar paso al murmullo de hombres y mujeres ansiosos por ver lo que había en el escenario -Quizá cuando termine la puesta en escena, desee hablar con ésta señorita...-concluyó el zar.

Al paso de cinco minutos con exactitud al escenario comenzaron a subir hombres y mujeres de diferentes edades en sus manos algunos llevaban instrumentos de cuerdas, otros de viento y algunos otros se acompañaban de ellos al llegar a sus lugares, finalmente y de forma uniformada tomaron asiento para comenzar el espectáculo que nos tenía preparado Inglaterra, la magnífica Inglaterra a la cual Alexander el Zar le había hecho su más íntima compañera en una aventura que posiblemente le harían encontrar tanto las respuestas que él buscaba, lejos de todas las Rusias

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Elizabetha Heissenberg el Miér Oct 17, 2012 9:02 pm

Una efigie daba vueltas muy lentamente al tiempo que las notas embelesaban los sentidos y atrapaban la atención de aquella que entre sus manos tenía la cuadrada caja de música. El sonido ingresaba en su mente, trasladándola hacia un pasado al cual pocas veces se daba el lujo de rememorar. Uno lleno de alegrías y risas, donde el calor familiar no faltaba. Los ojos lento caían y las pestañas acariciaban suavemente un pedazo de piel de las mejillas. El aire entró muy lento hasta que hinchó los pulmones y después de ello fue devuelto al medio ambiente con un anhelo de que todos los pensamientos se fueran de su mente y sólo quedara la determinación.

Los orbes observaron entonces el gran espejo ante ella dispuesto, su vestido en tonos azules se pegaba al cuerpo como segunda piel, sólo los más observadores podrían ver los pocos kilos que le faltaban para llenarlo. No había tiempo de ajustarlo, aunque sí de echarse un poco más de polvo y eliminar las molestas ojeras que la caracterizaron estos últimos dos años. No tenía hambre a pesar de sólo haber desayunado un pan duro con té. El dinero tenía que ahorrarse y cuidarse como si fuera la vida misma y gracias a ello, su hermana iba recuperándose. Unos meses más en el grupo de Ópera y Katrina estaría -esperaba- sanada lo suficiente para relajarse y sonreír de nuevo.

Se colocó derecha sobre sus pies y acarició el vestido mirando al espejo. Sus rizos estaban sujetos a la cabeza y aunque alguno se desprendiera alguien llegaría a acomodarlo de nuevo, era lo bueno de tener a los peinadores y maquillistas, aunque fueran dos o tres y sólo se concentraran en los detalles más obvios y no en los más importantes, como de que si Elizabetha seguía comiendo tan poco, pronto el aire se la llevaría en un instante de rabia o bien, desenfreno cual globo en pos de un cielo donde las calamidades se olviden.

Se encaminó a su lugar tras bambalinas para esperar la entrada. Nerviosa estaba, pero consciente de que no habría nada que pudiera evitar que se llevara las palmas del público. Se concentró durante algunos instantes antes de que el telón se levantara y entonces la actuación empezara. Una vez en escena, dio todo su esfuerzo en cada participación, en cada diálogo y cuando la música empezó, su voz se elevó sin límites, sin dejarse nada. Quería continuar en esta obra teatral, pero sobre todo, en el grupo de Ópera que se había formado con tanto cuidado y ahínco. Ahora era parte de una familia de nuevo, una que al parecer, tenía predilección por la música y gracias a ello, la aceptaban en su regazo.

Alcanzó sin dificultades las notas más álgidas mientras que actuaba con perfecta sintonía. Era fácil encontrar su yo destrozado y maltrecho, sólo cuestión de recordar sus últimos años y al mismo tiempo, su capacidad de cambiar a la felicidad en el siguiente acto era monstruosamente perfecta. Elizabetha utilizaba todos los recursos a su alcance, en su pasado, en su presente, para elevar a los presentes de sus asientos y mecerlos entre sus brazos hasta que no hubiera absolutamente nada que les hiciera desear volver a la tierra.

Aunque todo tiene un final. Y con una garganta que empezaba lento a incordiar, Elizabetha entonó los últimos cantos para permitir que los demás continuaran una vez que su personaje hubiera sido "trágicamente" muerto. Saliendo del escenario, envolvió con rapidez su cuello con una bufanda y caminó hacia su camerino sonriendo ante las felicitaciones de sus compañeros. Ella también apreciaba el esfuerzo de los demás. Dentro de su refugio, miró su reflejo y se sonrió un poco. Tenía un papel secundario, sí, pero con canciones que esperaba, llamaran la atención del público para ubicarla en un mejor lugar. Ojalá fuera así.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Dom Oct 28, 2012 3:08 am

La voz de la mujer era casi perfecta, como las melodías de los ángeles que permitiesen el paso al cielo. Mi acompañante suspiraba con cada nota más alta, presenciar la razón de la música hecha mujer resultaba casi irreal para todos los presentes. Mientras que Alexander por otro lado sólo cerraba los ojos para sentir la melodía, la piel se erizaba desde los tobillos hasta la nuca y las manos se apretaban con fuerza, algo resultaba familiar; quizá el hecho de que aquella canción que entonaba la mujer había sido la última que escucharía luego de la muerte de su padre o quizá de su atentado a muerte en las Rusias. Sus ojos se abrieron abruptamente y observaron con recelo la figura de la soprano la cual culminaba la pieza musical.

Al instante se extendió un silencio misterioso, más fueron los aplausos los que llamaron la atención desde mi palco en dónde naturalmente nadie pudo observar de quien se trataba, pero por el sitio en dónde nos ubicábamos era fácil discernir que se trataba de alguien importante. Los hombres y mujeres engalanaron el salón del Teatro con aplausos y murmullos que se impregnaban de asombro luego de presenciar aquel acto, magnifico a ojos del Zar. Entonces los miembros de la orquesta se levantaron con gracia de los asientos, el maestre realizó un ademán con cautela hacia el público y se retiró del espacio dejando atrás a los miembros que emprendieran antes una exquisita sinfonía.

Era impresionante visualizar con un sólo tono de voz lo que traía al presente, parte del pasado que dejaba con mucho recelo, con el trabajo de poderlo esconder sobre una caja de Pandora. Lo último que vi fueron sus cabellos color negro azabache, esa era la mujer que había hecho que la piel se enchinase así mismo los recuerdos de la tormenta que pasaba en la cabeza se congregaban en un hilo musical muy particular, una voz, una forma de encantar al cuerpo cual sirena. Pero las sirenas son seres mitológicos imposibles de ser captados a ojos humanos, celosas, posesivas y encantadoras, lo que a simple vista no parecía ser aquella mujer postrada en el escenario –lo que hubiese detrás de un rostro marcado por la pena-.

-Si ya ha terminado el número que hemos presenciado, deseo entonces conocer a la mujer que es dueña de esa voz tan particular…aunque bajo mis condiciones Madame…- quebró el silencio con un tono muy particular de voz, era mando y voluntad, todo lo que deseaba se volvía realidad pese a cualquier medio que existiese para concluir hasta lo que yo quisiese, pero en aquella ocasión no divagaría entre lo que deseaba y lo que podía obtener, puesto que eran dos cosas totalmente diferentes. Vivir entre el acertijo y ser descifrado se convertía en parte de una forma de vida, una realidad transversa, algo que muy pocos sabían o lograban hacer.

-Por supuesto su real majestad, será informado de inmediato…- concluyó la mujer para dirigirse apresuradamente hasta los camerinos en dónde fue detenida por un hombre de gran tamaño –Deseo que la señorita soprano principal me reciba de inmediato, tengo un mensaje muy importantes para ella y puede que le interese escucharlo…- la voz lánguida y convincente se escuchó detrás de la puerta del camerino principal a simple escucha resultaría ser la de una mujer gentil y confiable que sólo cumple la orden de alguien más que ésta detrás de cualquier intensión de su visita.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Elizabetha Heissenberg el Sáb Nov 03, 2012 9:57 pm

En la intimidad del lugar que le asignaron tomó asiento cerrando los ojos buscando la relajación. Aire dentro y fuera, escuchando los pies que iban y venían, las voces que llamaban a los que continuaban en la presentación. Sonrió en tanto repasaba en su mente todas y cada una de las variantes y notas que fueron in crescendo hasta lograr la armonía que se propuso entregar. Estaba hecho, no había marcha atrás. Encontró los defectos al meditar los puntos en donde la voz tuvo algunos altibajos. Tenía que mejorar y por ello mismo se auto reprendió. Su parte crítica era la que en estos momentos ganaba la partida en contra de su ego que se alegraba por los aplausos que habían sonado desde uno de los exclusivos palcos. Aunque por unos instantes tuvo que suspender el auto examen de su participación cuando le llamaron para estar en el total del elenco que salió a agradecer al público su presencia. Se puso en pie y salió del lugar para ofrendar su mejor sonrisa a las personas que se habían congregado para obtener un buen espectáculo que, por sus reacciones, había superado sus expectativas.

Aplausos, ese resonar palma contra palma que henchía su pecho de orgullo y satisfacción haciéndola sonreír, olvidarse por ese pequeño instante de su realidad: de una hermana hospitalizada que quizá jamás saldrá de esa oscuridad que la envolvía encajándole una daga en el corazón, provocando una herida que jamás sanaría y qué decir de su hermano, del que no tenía la menor noticia o pista de su paradero. Que no tenía forma de encontrar y le impedía dormir por las noches. Todo se iba en ese momento, tornándose sólo una cantante, una soprano, un miembro de esa hermandad de personas tanto actores como músicos y que incluía a los que se encontraban ocultos tras los rostros que brillaban de una forma espectacular al frente del escenario. Aspiró profundo y lo soltó cuando el telón cayó para reír feliz, divertida, asintiendo y abrazando a algunos de sus compañeros felicitándolos por una buena interpretación que de seguro les daría una función más. Y tras ésta, otra más, quería creer. Lo que significaba para ella más dinero, una vida más estable.

De regreso a su camerino miró las ropas que había traído consigo y que no tenían nada que ver con aquéllas que apenas unos años utilizara para su vida diaria, mucho menos compararlas con las que fueron parte de las fiestas de la alta sociedad. Empezó a desprenderse de las del espectáculo y estaba en ello cuando escuchó unas voces fuera de su puerta. Su camerino era pequeño comparado a la de otras estrellas, inclusive a la de la protagonista, pero tenía una ventaja: era exclusivo de Elizabetha, absolutamente nadie la acompañaba dentro. Frunció los labios y meditó si debía o no responder a esa petición, pero en lugar de ello, decidió que escucharía a esa señorita una vez arreglada con su ropa de calle por lo que se acercó a la puerta y sin abrirla, dijo en voz audible:

- Fred, decidle a la dama que le atenderé en cuanto esté lista para la revisión del Director, ni un segundo antes - no había momento más primordial que ese, ni siquiera el saber que alguien tocaba a su puerta con un mensaje importante. Nada más interesante para ella que el saber de sus hermanos y no parecía que la dama en cuestión tuviera alguna noticia. Así que la pondría en espera porque ahora el orden indicaba que era el momento del Director y ni siquiera el Rey de Inglaterra podría hacerla cambiar de parecer. Debería cambiarse de ropas y colocar todo lo que había usado para el espectáculo en su lugar. La inspección no sólo era de su participación, si no también de que no se llevara absolutamente nada del atuendo con ella. Aunque inicialmente se había sentido ofendida por semejante examen, entendió que no eran sus deseos los que debían acatarse si no los del Director, por lo que sólo bajó la cabeza y asintió firmando el contrato.

Ahora mismo, al terminar de guardar las joyas en su lugar y mirarse al espejo para ver que nada le faltara, asintió arreglándose un poco más el cabello para que luciera menos formal, igualmente alisó los pliegues del vestido recolocándose bien las zapatillas. Miró a su alrededor asegurándose de que todo estuviera ordenado. No debería salir de su camerino hasta que pasara la revisión por lo que fue a la puerta y la abrió esperando encontrarse a la dama en cuestión y si no era así, no era algo que le preocupara mientras todo estuviera estructurado en su vida, lo demás tenía un segundo lugar. Inclusive una propuesta "importante" porque para su fortuna, ella no era curiosa lo cual ¿Sería una ventaja o su perdición? Lo desconocía y de todas formas no había nada que pudiera cambiar radicalmente su vida.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Mar Nov 06, 2012 12:29 pm

En aquel desaire de parte de la mujer sólo la dama sólo apretó los ojos, su cabeza comenzó a moverse de un lado a otro como muestra en desaprobación a la conducta de la artista, pero entendía con perfección lo egocéntricos que muchos llegan a ser e inclusive difíciles de comprender. Pero el hombre detrás de ella, que esperaba a que fueran cumplidas sus peticiones letra por letra, no era tan benévolo como la anciana mujer, todo lo contrario la paciencia poco bautizaba el carácter del Zar y por lo tanto le esperaba una fuerte reprimenda.

-¡No es posible que personas tan importantes como nosotros seamos tratados de esa manera!- vocifero con su voz chillona, demandante mientras sus manos se movían unas con las otras nerviosamente, mientras volvió a dirigirse al hombre que custodiaba el camerino -¿Es usted inteligente? ¿Sabe que este teatro puede ser clausurado por el Emperador de Rusia si así lo pide al Rey de Inglaterra por tremendo desaire?- señaló con voz muy baja para que sólo éste pudiese escucharle -¡Y ningún otro teatro podrá emplearlos ni a usted ni a su soprano!- subió el tono con toda la intensión de ser escuchada. En tanto, la producción se detuvo mirándola cabizbaja, algunas mujeres cuchicheaban en los extremos y otros hombres le observaban con recelo ¿Quién era esa mujer? ¿De qué privilegios gozaba para alzar la voz de aquella forma?.

-My lady, tenga piedad, la signorina Elizabetha es una dama muy disciplinada, jamás ha dejado que sea interrumpida cuando ha terminado el espectáculo, por su voz, ¡su delicada voz!- contradijo con aquel acento italiano impreso en su mal empleado inglés –¡No!, esto es una grosería, una total y absurda grosería.– discrepó la anciana apretando sus manos aguantadas, el ceño visualmente torcido junto con las arrugas de su rostro le daban una expresión alzada, recatada pero recia –Únicamente esperaré porque su majestad imperial desea profundamente hablar con ésta…señora…-.

Justo en ese instante la puerta del camerino que se mantenía cerrada se abrió en su totalidad, la mujer de avanzada edad rodó los ojos hasta el umbral y vio finalmente la anatomía de la joven mujer pero distinguida mujer. Sus brazos se relajaron al igual que sus dedos aguantados, sus expresiones faciales se suavizaron para dibujar una beneplácita sonrisa -¿Lady Elizabetha?...que placer conocerle, he estado esperando bastante tiempo, pero su…-miró al hombre de abajo hacia arriba con cierto desdén –Su guardián no dejó que se le molestara, por lo que tuve que esperar incómodamente en éste sitio, espero usted sea más amable y me pueda seguir hasta uno de los palcos para entrevistarse con una persona muy importante que ha accedido a verle y conocerle…- terminó la explicación y se mantuvo tan sólo observando cada una de las expresiones de Elizabetha de forma retorcida, como si buscase en ella el punto ideal para criticar frente a su majestad ¿Qué era esa joven frente a una dama tan prestigiada de la sociedad rusa como lo era ella?, ¿Qué querría el zar de Elizabetha?. Los labios de la anciana se apretaron severos, no dejaría que nadie interviniera en la posible presentación de su nieta con el zar, mucho menos una mujer común y corriente como la soprano en cuestión.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Elizabetha Heissenberg el Dom Nov 11, 2012 7:01 pm

El mundo seguía igual, sólo que no quedaba nada en él. Eso pensó en tanto abrió la puerta y observó la expresión facial de la mujer que estaba ante ella. Arrogancia, prepotencia, la seguridad que brindaba una posición privilegiada y por el tipo de ropa que estaba usando dicha mujer, era una muy importante, quizá un miembro de la nobleza y eso no podía ser una mejor carta de presentación ante Elizabetha quien sufrió lo indecible por esa clase social que ahora parecía estar interesada en ella. ¿Se entregaría de nuevo a los anhelos de dichas personas o les haría lo mismo que ella recibió: una completa indiferencia, el ser ignorada e incluso pisoteada? Sus congéneres sólo se interesaron en obtener lo que alguna vez fue de su familia, en robarlo y dejarla en la calle. ¿Quería ahora que ella estuviera deseosa de estar al lado de ellos o bien, de obedecer sus anhelos?

Estaba más que equivocada. Parpadeó con expresión seria y dura, rígida. Sus orbes se posaron en la mujer de avanzada edad sabiendo que estaba fuera de Rusia, no importaba lo que sus nobles desearan, si el Rey de Inglaterra no lo consentía, absolutamente nadie cumpliría ningún capricho. Le observó fijamente, quizá de forma maleducada, pero no era algo que a Elizabetha le preocupara en lo más mínimo. Se cruzó de brazos y parpadeó esperando a que la mujer hablara al respecto para saber qué era lo que necesitaba, qué se le ofrecía para venir hasta su camerino y, para su desgracia, llegar en el momento previo a la revisión. Una pena que sus palabras sonaran tan vacías y llenas de un conocido sentimiento de superioridad y esperando que todos hicieran lo que pedían. No con ella, no ahora. Nunca más.

- Señora, sé que la intención de Fred no fue el hacerla esperar en un lugar incómodo, con gusto iré a donde usted indique, pero entenderá que primero debo obedecer a la persona que me ha contratado: el Director. Y su instrucción es que no abandone mi camerino hasta que no haga la revisión de mi trabajo en el escenario. Si consigue que él acepte que previo a dicha revisión vaya a con usted, así se hará. Mientras tanto, lamento decirle que me es imposible complacerla de inmediato - claro que no le diría que no le seguía por el simple hecho de que no le agradaba la idea de que dispusieran de su tiempo como mejor les pareciera. Además, conocía a su Director, él era muy escrupuloso con el orden, así que nunca le había visto saltarse las reglas para complacer a un noble, por eso fue que se anexó a la Compañía. Una de las razones de peso. Aunque quizá para la señora no sería más que un desacato y para quien le ordenara...

Una patada en el estómago, lo que le hacía reír internamente por su maldad, ese desquite contra la nobleza que la había ignorado, que con sus omisiones le había ocasionado tanto daño... ¿Infantil? Quizá, pero de algo estaba segura, de momento, tenía todas las razones a su favor.
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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Dom Dic 09, 2012 12:17 pm

Abriendo los ojos inyectados por la rabia ante la espera ocasionada por Elizabetha, la anciana se reprendió a sí misma, habían pasado más de veinte minutos en los que el Zar esperaba sobre el palco reservado para la nobleza Rusa en el Royal Albert Hall, los dos primeros pensamientos negativos de la mujer le hicieron apretar las manos con la suficiente fuerza, lastimando sus dedos y uñas muy bien cuidadas, la palma de sus manos dolía ante la impotencia y no tuvo otra opción más que sacar el último As sobre la manga. Cuando se disponía a decir su próximo ultimátum escuchó como la puerta del camerino se abría dejándose ver por fin la artista por la cual esperaba, como reacción una mueca de molestia se generó en su rostro siendo imposible de ocultar la faceta en la que ésta se encontraba.

Se relamió los labios dando dos pasos al frente no sin antes observar de pies hasta la cabeza la vestimenta sencilla de la joven y por primera vez fueron los ojos de ella los que captaron completamente su atención – Entiendo Señorita que tenga usted una agenda ocupada, pero no es mi incumbencia cuando se trata de la persona más importante de Rusia quien solicita de su presencia – hizo una pausa tan larga que el silencio entre los tres presentes se hizo más denso e incómodo – Ha de saber se…ñorita…- volvió a mirarla despectivamente, era la sangre o la mirada altanera de Elizabetha las que le hacían actuar de aquella manera déspota y poco servicial -Que su “dueño” ha pedido que se presente de INMEDIATO con el Zar de Rusia…si escuchó usted bien, el Zar.- concluyó subrayando la mención de forma tajante para volver a tomar aire.

-Antes de que se presente a él, regrese a su camerino y cambie su ropa a una más…Uhm digamos…¿Presentable? – gestó una mueca en su rostro –...Elegante, que se yo, algo mejor que eso que trae puesto seguramente debe ser parte de la utilería del Teatro, así que entiendo…pero no estará frente a cualquier hombre, no señorita, es el Zar y considero que es bueno dejar una buena impresión…- el hombre entre las dos mujeres estrechaba sus manos bajo el nerviosismo evidente al escuchar de quien se trataba, había escuchado infinitos rumores acerca de la relación entre Rusia e Inglaterra, sobre todo de sus reyes, una muy estrecha que podría perjudicar a las relaciones públicas de la compañía de teatro y quizá la carrera de muchos de los que ahí se encontraban. Entonces interrumpió carraspeando la garganta, el miedo en su rostro era palpable, su tonó al enunciar la primer palabra se quebró pero logró retomar el camino –El..Elizabetha querida, no tienes ningún problema en asistir, el director puede ir directamente hasta la sala en dónde su Majestad Imperial se encuentra…ahí podrás realizar la revisión que quieras…y si la dama presente me lo permite iré inmediatamente a avisar a la dirección de lo que sucede y como procederemos…- dijo titubeante esperando la aprobación de la mujer más anciana, mientras que por otro lado echaba miradas furtivas al rostro de la soprano.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Elizabetha Heissenberg el Miér Dic 12, 2012 7:09 pm

Acorralada cual bestia en plena cacería, así se sentía, se veía, se encontraba. Aspiró aire con profundidad contando mentalmente. "uno... dos...", ella que venía escapando de la Aristocracia que le había hecho tanto daño y resultaba que ésta la perseguía y no sólo eso. ¡El Zar! ¿Qué tenía que decirle a ella? ¿De verdad se creía todopoderoso para pensar que todos debían rendirle pleitesía? Aún recordaba las dos cartas que le había enviado para que le ayudara en su problema cuando los aristócratas decidieron utilizar su plan maestro y matar a su familia. Le había rogado le aceptara de refugiada en Rusia y la respuesta fue tajante: "No". Eso le había sentado como un cuchillo ardiendo en las entrañas. ¿De verdad había sido él quien había escrito esa carta tan llena de rimbombantes términos para al final terminar rechazándola igualmente?

Nunca lo sabría y mientras tanto tenía frente a ella a esa bruja que la hacía sentir un malestar en el estómago. Su rostro se tornó rojo de seguro por cómo sentía la rabia recorrerla. Ahora resultaba que tenía que ir a complacer a un Zar, no, al Zar. Si creía que obedecería tan mansamente es que no la conocía para nada. Frunció los labios y eso fue un indicativo para el hombre que ahora le lamía los pies a la "dama". No estaba contenta, tenía un carácter muy fuerte y eso lo vería la "señora" ahora mismo. Con que se atrevía a juzgarla por sus ropas ¿Quién se creía ella que todo lo había tenido con facilidad? No dudaba ni un poco que su vida había sido todo pañales de seda y comida tres veces al día o quizá más.

Sus ojos echaban chispas, más cuando vio que no tenía más opción que hacer lo que se le pedía. Incluso hasta iban a ir corriendo cuales caballos desbocados a hablar con el Director. Cerró los ojos... "tres... cuatro... cinco..." y su crítica respecto de su ropa no calmó los ánimos, todo lo contrario. Abrió el par de luceros y observó a la mujer con desprecio, alzando la barbilla con orgullo y determinación. Quizá la cantante se comportara de una forma ajena a su estrato original, pero la mujer que ahora estaba frente a la anciana no tenía los hombros caídos, ni la curvatura de la nuca en posición derrotada. Mucho menos esos ademanes propios de una mujer pobre.

Decían que la ropa no hacía la percha y que "mona que viste de seda, mona se queda", pero la percha que estaba ante esa anciana tenía de pronto, una sofisticación que sólo se veía en las cortes. Ese era un don que Elizabetha tenía. Así fuera un saco de patatas, ella disponía del estilo y el porte para hacer brillar cualquier vestido, incluso el que ahora tenía puesto. Quizá fuera de bajo presupuesto, pero la joven hacía que las miradas se fijaran en ella, en su persona y no en las prendas. - Creí que era más importante llegar de inmediato a donde el Zar. ¿Usted será la que le indique que le hicimos esperar más tiempo porque no quiso que me presentara con estas prendas? Se... ñora,- le dio el mismo tratamiento: mirándola de los pies a la cabeza, reconociendo de inmediato el tipo de indumentaria, la manufactura, las joyas utilizadas. No era una duquesa, mucho menos condesa, su nivel era más inferior, por lo que quizá ni siquiera un título de nobleza poseyera... - creo que se contradice usted misma. ¿Me presento de INMEDIATO? - el tono derrochaba una ironía que no podía contener ni por todo el oro del mundo - ¿O voy y me cambio de ropas? Debería decidirse, pero no se preocupe por ello, lo haré por usted porque no tengo la intención de dejar una buena impresión, A diferencia de usted, yo no necesito lamer botas para vivir - salió del camerino con paso regio y firme, dejando que le dirigieran los propios miembros de la compañía dejando atrás a la "señora".

Ni por asomo dejaría que una mujer tan pedante hiciera con ella lo que deseara. ¿Y qué podría perder que no tuviera ya en el abismo? Ni siquiera la reputación, esa había quedado enterrada al darle la aristocracia la espalda. Ni la inocencia, la había perdido al matar a los tres hombres. Aunque por un instante pasó saliva con dificultad: si perdiera el empleo tendría que buscar otro medio de sustento, pero sabía ser amable y educada, así que no le daría al Zar las razones para que la despidieran. De eso dependía su hermana, así que controlaría su mal genio. Se daría su lugar y mantendría las distancias. Contaba con la educación del monarca y sus prejuicios: sólo satisfacería su curiosidad y se iría de ahí. El mismo hecho de utilizar un vestido tan poco atractivo le daría esa oportunidad de que él se desinteresara con rapidez. No era una aristócrata ya, sólo una cantante más en el mundo. Una mujer y nada más.
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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Vie Ene 11, 2013 1:15 am



“¡¿Cuánto más tendré que esperar!”

Sí, convendría una nueva ama de compañía más competente y menos anciana. Era Alexander quien consentía la posibilidad de otra acompañante para el teatro, los días en Inglaterra eran absurdos desde su punto de vista; estáticos, ambiguos y desinteresados. No había nada más aburrido que la estancia en un país dónde el emperador de todas las Rusias pasara el tiempo esperando, sí, esperando como el vaivén del río que suena por debajo de sus pies se abstiene de mojarlos con sus aguas. Nada le hacía enojar tanto como la ineptitud de sus vasallos, principalmente las mujeres que pesaban más por la cantidad de joyas y buenos modales. Apático, desconsiderado así era Alexander en sus mejores modos, incluso pecar de irónico le resultaba gracioso para enfrentar muy particulares circunstancias, la luz en sus ojos afirmaba la intolerancia a la plantón de las mujeres, ambas por igual tendrían semejante reprimenda que les recordaría a cada una su posición; la institutriz vehemente y la soprano que por muy hermosa voz que tuviera no tenía el absoluto derecho de pensar lo que se le solicitaba, después de todo para eso estaba, para eso trabajaba en un lugar de entretenimiento, servía únicamente para divertir a los altos mandos y las clases más altas.

“Si pudiera hacerles entender bajo azotes, lo haría, ¡Oh sí que lo haría!. Mujeres, mujeres que hacen esperar para después disculparse con excusas tontas e insignificantes, vánales, tontas…¿Qué puede ser más importante que yo, el Zar?.”

No permitiría que su autoridad fuese puesta entredicho de esa manera, reprobaba cualquier actitud altanera, desafiante. No importaban las excusas, tampoco los porqués de su retardo, el Zar era el Zar y él requería la presencia de una cantante más por las razones que considerara, aquello no importaba. Desde el palco sus ojos enfocados en las personalidades que habían acudido a la puesta en escena se encontraban distantes, en otras ocasiones particularmente interesado puesto que de todo podía apreciar a simple vista, eran un puñado de espejos reflejando lo más superficial que existía en la corte o en la alta alcurnia inglesa. Despotricando sus más recientes porquerías en adquisiciones sin valor personal, únicamente monetario. Era imposible para él ignorar las palabras que a oídos sordos no lastimaban la gruesa coraza de Alexander, una coraza que había logrado crear a lo largo de su juventud y ahora adultez, precisamente para sortear las trastadas de la alta corte y la conveniencia de políticos o gobernantes.

Justo en aquel instante, la puerta que da acceso al palco ruso cede bruscamente, gracias a la insolencia de la anciana y también porque no a su “particular” derecho que siente ante la aprobación de Alexander al hacer lo que ella quisiese; entrar o salir, ir o venir, interrumpir o señalar, daba igual. Aquel designio lo tenía permitido como cualquier otra institutriz. Aunque bajo las circunstancias acontecidas recientemente un estallido particular, abrupto, jactancioso e intolerante en el carácter de su real majestad hace que ella se detenga a traspiés y titubeos, un “ALTO” ha sido suficiente para detenerle y no es a la palabra a la que teme, si no al tono con la cual va acompañada.

-He concedido más de un cuarto de hora para que hagas la tarea que te he encomendado y la que no requiere tanto para ser cumplida, a cambio de semejante confianza la cual te he concedido, recibí el peor trato en un país extranjero ¿Qué es lo que consideras debo hacer contigo?-

Reprimenda, castigo, consecuencias a los actos y a su intolerante conducta, detrás de las cortinas color carmesí aguarda con una espada desenvainada más punzante y lastimosa que la de una hoja de metal. La lengua del Zar está a la expectativa de morder con mayor fuerza hasta asfixiar las posibilidades, entonces del otro lado, la mujer apenas logra recobrar la cordura, apoyando ambas rodillas sobre el suelo pide clemencia ante el gobernante quien sólo logra imaginar la escena, pues las telas interfieren a su visión, separando los tres cuerpos.

-Su imperial majestad, ruego perdone la demora, no ha sido intensión mía. Es la mujer que usted ha enviado llamar hasta su presencia, quien ha decidido esperar a su director para revisar el espectáculo montado con más detalle…- Cuando el discurso parecía terminar ya, una carcajada le interrumpió -¿Acaso eso debe de importarme?, no hay peor espera que la que se le hace a un rey. Y yo, soy el Zar de todas las Rusias, por ende, tengo majestad de ordenar, obtener y transformar. A partir de éste instante queda relevada de sus obligaciones, salga de aquí y pida se le transporte hasta su residencia actual…Su trabajo con Rusia ha terminado.- Así era Alexander directo al punto que más le atañía, caprichoso, obstinado pero justo también, procuraba equilibrar la balanza, su carácter le permitía darse el lujo de ser tan severo como lo requerían los instantes o las situaciones mayormente políticas, pero por otro lado germinaba también su pensamiento compasivo e interesado por quienes realmente eran a su criterio importantes.

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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Elizabetha Heissenberg el Jue Feb 07, 2013 10:35 pm

Los pasos eran relajados a pesar de la situación que se le avecinaba. Tendría ante ella al propio Zar de todas las Rusias y no sólo eso, si no que eso implicaba un recibimiento quizá ya no tan grato por el tiempo que habían tardado en dirigirse hacia ese lugar que ella conociera con anterioridad por los rumores que le rodeaban. Para ella, era la primera vez que pisaría el recinto aunque algunas de sus compañeras, sobre todo las protagonistas de las puestas de obra ya habían estado ahí y le contaban para, quizá, generar la envidia qué tan hermoso era, pero no tanto como la propia Elizabetha descubría al ingresar. Un solo paseo de sus ojos fue suficiente para regresar a un pasado que creía superado.

Aunque las vestimentas dejaban qué desear para esas memorias que la aplastaban con su peso obligándola a bajar la cabeza entre recuerdos que le oprimían el corazón y el estómago se sentía un poco indispuesto al recordar gran parte de su historia: su familia en tiempos de felicidad, los agravios de esa noche, su hermana perdida en esa enorme cama mirando hacia afuera de la ventana. Sólo eran memorias que sus ojos jamás volverían a ver, su alma no se regodearía en la felicidad ida. Aún así, se pasó la mano por la sien, intentando con ese movimiento tan simple perder esos pensamientos y centrarse en la realidad.

En la voz de un ser que exigía y demandaba atención, obediencia y pleitesía. Frunció los labios porque justo es lo que no quiere entregar, suficiente tuvo con todos aquéllos que la pisotearon durante ese acto bellaco y después. Le dieron la espalda y cuando pidió ayuda, nadie quiso escucharla. Sus cartas fueron devueltas sin ser abiertas e inclusive, cuando su última opción fue el Zar, éste de igual forma se decantó por ignorar su solicitud. De seguro ahora no podría reconocer en ella a quien fuera parte de su aristocracia. Una de las hijas con mayor status en las Rusias. Mucho mayor que el de la mujer que ahora era despedida y a pesar de que su intención no es llamar la atención del Zar, no puede dejar pasar el hecho de que quiera esa bruja echarle la culpa.

- Mentirosa - no se atrevió a decirle más, aunque su voz fue audible para que el Zar y la anciana misma escucharan, no tan fuerte para que el soberano no sintiera que era debatida su autoridad. Así, quedaba a la vista el carácter de la joven cantante, no le amedrentaba ni siquiera la rabia de un Zar aunque quizá debió mantenerse en silencio durante el resto de su entrevista, pero es que las mujeres de la aristocracia que buscaban su beneficio a costa de otros le producían una urticaria emocional que no podía combatirla más que dándole la justa respuesta a sus actitudes. Tenía que exhibirlas, ese era su último fin, su móvil.

Y negó de todas formas con la cabeza al verla salir de la habitación con unas palabras de disculpa al Zar, sabiendo que no debía presionarlo más, esperar a que su ira se evaporara y entonces abordarlo era un mejor plan. Claro, eso lo consideraba esa anciana al tiempo que Elizabetha mantenía el tipo, con la intención de que el soberano la despidiera rápido y pudiera irse a casa a descansar. No iba a disculparse a menos que él lo pidiera, no daría excusas falsas porque sólo demostraría la debilidad de su ser y ella no era así. Por lo que esperó estoica, a que él diera el siguiente paso. Dependiendo de su respuesta, sería la suya.
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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

Mensaje por Administración el Vie Feb 08, 2013 3:10 pm

Alzando la vista atónita ante la acusación de la soprano, la anciana sólo logró realizar una mueca disgustada. Si las miradas mataran en ese instante aquella chiquilla ya hubiese sido acribillada como cualquier animalito indefenso y sí, no había arrepentimiento alguno ante esa acción desesperada e imaginada por la mujer –No es verdad su real majestad…de la boca de ésta mujer sólo salen blasfemias y por si fuera poco pisotea su presencia interrumpiéndolo…¡Castíguela, castíguela a ella también, yo soy su fiel servidora…!- consiguió decir de forma entrecortada, titubeante, el miedo podía olerse a grandes distancias, pues Alexander tenía la potestad de actuar como mejor le conviniera. Quienes formaran parte de la corte Rusa debían acatar las reglas con las que se regía “Nadie por encima del Zar” y por consiguiente afrontar las consecuencias de sus actos. Claramente existía a quienes beneficiaban las leyes, pero a otros tantos les perjudicaban; especialmente a los extranjeros que osaran faltar a las tareas de su excelencia.

-¡Silencio mujer!- gritó exaltado por el barullo de ambas damiselas, no cabía en la cabeza del Zar la incongruencia de sus acciones; por un lado la madurez de una de ellas socavada por su lengua envenenada por la codicia y la envidia, por otro la juventud de Elizabetha quien daba patadas de ahogado en silencio para no mostrar una sola equivocación, se trataba de astucia quizá o insolencia de su parte, no importaba, si existía una justificación la escucharía en algún momento de su boca... -El llanto y las justificaciones no te exentarán de tus sanciones. Quien no sirve correctamente a cualquier corona, no vale en lo absoluto, está vetado, obsoleto…- continuó su discurso conservando la distancia entre ellos, las cortinas se extendían a lo largo de palco por lo cual difícilmente se le podía ver con precisión. No obstante era posible imaginársele, pues su voz masculina y omnipotente lo consentía, de tal manera que le hacía evidenciar ante cualquiera que se trataba ni más ni menos que del Emperador de todas las Rusias –No repetiré una vez más, habrás de retirarte de mí vista de inmediato y se te custodiará fuera del palacio ruso en Inglaterra. Bajo ninguna circunstancia volveré a verte y de ser tú quien se atreva a desobedecer mi orden, solicitaré tu ejecución en La Torre, ante el Rey William por traición.- sentenció tajante deteniéndose.

Callada, la anciana levantó la vista asintiendo ante el Zar y en un último instante una mirada furtiva se colocó en la joven anatomía de la soprano, abandonando finalmente el lugar. Tenso, el ambiente continuo separándolos a ambos en un absoluto silencio, era difícil imaginar lo que el ruso destinaria para ella, dirigiéndose nuevamente sobre el cordón de las cortinas jaló de el con un movimiento suave y preciso permitiendo que éstas se alzaran con una completa elegancia. Cara a cara era más hermosa de lo que él había imaginado, sus rasgos eran inconfundibles, pocas mujeres podían nacer con aquellos grandes ojos azules que expresaban a simple vista lo que en el pensamiento de Elizabetha podía haber. Si bien no cualquiera sería capaz de leerlos con la suficiente presteza, parecía el reflejo idóneo de la mujer rusa en la corte. Su porte altivo, lo suficiente como para llamar la atención de cualquier hombre. Pero para Alexander otros eran los intereses sobre ella, aunque fuese imposible ignorar su exorbitante atractivo físico.

Dejando caer sobre su lugar el cordón de las cortinas, llevó sus manos hasta su espalda entrelazándolas cómodamente mientras que caminando alrededor de ella un sinfín de pensamientos surcaban el camino a la próxima pregunta o reprimenda. Como el lobo siberiano que reina al norte de Ruso se mantuvo; cauteloso, enigmático e intuitivo.

Finalmente sus pensamientos fluyeron en un cuestionamiento sencillo al cual si ella fuese lo bastante perspicaz respondería acertadamente –He escuchado una versión pero dígame ¿Cuál es la suya?-.


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Re: Los primeros pasos [Elizabetha Heissenberg]

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